sábado, 16 de julio de 2016

Mayores en el Instituto.

Experiencia piloto para el programa de convivencia intergeneracional en las aulas del Centro.

 


Desde mediados del mes de mayo, hemos puesto en marcha una experiencia piloto en colaboración con el Ayuntamiento de Jarandilla y la asociación de amas de casa La Aliseda. Se trata de un programa corto, de un mes de duración, que tiene como objetivo el testar la presencia habitual de personas mayores en un centro de secundaria. Durante dos días a la semana (lunes y viernes), un grupo de personas mayores, todas ellas mujeres, han acudido al Instituto para seguir dos talleres distintos: uno de iniciación a las nuevas tecnologías y otro de cocina. Ana Gómez, la profesora de adultos, se ha encargado de ejercer de mediadora y coordinadora de nuestras nuevas alumnas. Antonio, el profesor de informática y Secretario del Centro, se ha encargado de organizar un programa de inmersión a ese mundo de ordenadores, dispositivos móviles y redes sociales que, para las personas mayores, resulta de manera general ajeno y de difícil acceso. Los alumnos se encargan de acompañarles y orientarles en el uso y manejo de los ordenadores y aplicaciones, llevándoles de la mano en ese difícil trance que supone el introducirse y familiarizarse en un mundo, el de las nuevas tecnologías, en el que se sienten extranjeros. Miguel Ángel, el Jefe del Departamento de Cocina y Gastronomía, ha planteado y desarrollado un plan de acción con los alumnos de cocina y nuestras "Chicas de Oro", aprovechando una experiencia que estaban llevando a cabo en el Aula de mayores: el "Libro de recetas jarandillanas". En cocinas, ellas se mueven como pez en el agua. En este caso, sus ocupaciones a lo largo de toda su vida laboral y familiar han tenido que ver mucho, tal vez demasiado, con el mundo de las ollas y de los fogones. De hecho, se les veía actuar con un desparpajo y seguridad que dejaba sorprendidos a los propios alumnos, que acabaron subordinándose a sus iniciativas e indicaciones.
La experiencia ha resultado todo un exito. Las alumnas del Aula de adultos y las socias de La Aliseda -mas alguna otra que se ha ido anadiendo- han terminado felices y satisfechas y han despejado sus miedos e incertidumbres. Para los que lo miran desde fuera, un instituto, lleno de jovenes y adolescentes, provoca un cierto temor. Los  estereotipos con respecto a las edades -edadismo- tienen tambien su lugar entre los mayores, que miran con cierto desasosiego un espacio aparentemente tan hostil. Pero tenemos ya experiencia en desmontar este tipo de prejuicios y sabíamos que solo bastaba el juntarlos para hacer desaparecer al instante toda prevención. Pasada la sorpresa que supuso el primer día ver a personas mayores por los pasillos del Centro, se ha convertido en algo completamente normalizado el contar con su presencia. Los alumnos se encuentran con ellas a la vuelta del recreo o al terminar la clase y naturalizan el tener entre ellos a personas de más edad. Se saludan amablemente e intercambian algún comentario antes de que comience la siguiente hora. Algunas de ellas aprovechan el momento para robar un beso a sus nietos y, de paso, animarles para poner esfuerzo en la tarea y advertirles de cuál es su misión. Y son consejos que cobran ahora más fuerza, cuando son ellas las que dan ejemplo con su presencia de su motivación y ganas por aprender.


Para los alumnos del ciclo de Cocina y gastronomía y de la asignatura de Informática que han participado en estos talleres, la experiencia ha sido igualmente grata y enriquecedora. El convertirse ellos mismos en profesores durante un tiempo y asumir ese rol con personas que multiplican por cinco o por seis su edad ha supuesto para ellos un bonito desafío. Bien es cierto que juegan con mucho a su favor, porque los mayores son alumnos aventajados que muestran una disposición y unas ganas de aprender que facilita mucho la tarea. Se trata, al fin y al cabo, de introducir el aprendizaje colaborativo y conseguir que unos aprendan de otros. Los que trabajamos en el mundo de la educación pasamos por alto que el más importante y valioso recurso con el que contamos en los centros no son ni los equipamientos, ni las instalaciones, ni los libros, sino precisamente las personas que lo habitamos. Pero no pensemos -¡Ay vanidad!- que somos nosotros, los profesores, los únicos y más eficaces medios para conseguir que nuestros alumnos aprendan. Son ellos mismos el principal y el más potente recurso, más allá de su valor cuantitativo, que lo tienen. Los profesores podemos actuar de catalizadores, de guías, tutores, de orientadores de sus aprendizajes, pero ellos son los verdaderos protagonistas de su educación. No reconocer esto y pensar que el protagonismo en el aula recae -y debe seguir recayendo- en el profesor constituye uno de los principales lastres de nuestra realidad educativa y un verdadero obstáculo para cualquier mejora. Todo enfoque metodológico que no conciba que son los propios alumnos los que deben construir por sí mismos sus aprendizajes, entrenando y afianzando las competencias claves, en un proceso que fomente su autonomía e iniciativa personal, está abocado a reproducir los fracasos y errores de nuestro sistema educativo.

La presencia de personas mayores en el Instituto, aunque haya sido a tiempo parcial en esta primera experiencia piloto, nos ha permitido comprobar de primera mano lo que implica el poner en juego el concepto de aprendizaje permanente. Un término que creemos vago y lejano, pero que ya es una realidad, que supone plantearse seriamente cuáles son los verdaderos objetivos y fines del aprendizaje en las aulas. Este cuestionamiento de nuestra labor docente, que debe hacernos pensar y decidir sobre el qué y el para qué de nuestro trabajo y el de los alumnos a los que damos servicio, incluye obligatoriamente un replanteamiento del cómo deben aprender. Las personas mayores demandan aprendizajes contextualizados y funcionales, es decir, que tengan que ver con su vida y sus experiencias y que les sean útiles, que tengan sentido para su día a día y su futuro. Pero además no se conforman con ser receptores pasivos, porque no entienden que pueda aprenderse sin ser ellos mismos los que hagan las cosas, sin enfrentarse directamente con las actividades y retos que les permita alcanzar o dominar una determinada habilidad o destreza. Creen, con muy buena lógica y con toda la razón, que solo pueden hacerse competentes en cuaquier materia si su posición es activa y participativa. Y también saben que esta tarea no es individual, sino colectiva, ayudándose unos a otros y colaborando entre ellos para alcanzar los fines que se les propongan. Disponer en nuestras aulas de este nuevo alumnado, hambriento de aprendizajes, motivado, generoso, agradecido, pero exigente al mismo tiempo en cuanto al qué, al cómo y al para qué, supone una estupenda oportunidad para ayudarnos en el obligado proceso de renovación metodológica que los centros educativos debemos afrontar con intensidad y urgencia. Si además podemos servirnos de ellos como recurso en nuestras propias aulas y que, en una nueva forma de concebir las comunidades de aprendizaje, nos ayuden en la tarea de educar y formar a las nuevas promociones de jóvenes y adolescentes, su labor en los centros de secundaria puede resultar de una extraordinaria riqueza.

En el horizonte se va construyendo un nuevo paradigma en relación al lugar que deben ocupar los mayores y a su papel en  la sociedad del siglo XXI, marcada por su protagonismo -no solo cuantitativo- y su capacidad de acción y de decisión. Los mayores de hoy demandan una serie de servicios, entre ellos los educativos, para los que no existe una adecuada respuesta por parte de las administraciones. Las universidades de mayores, sobre todo en el ámbito urbano, y las aulas de adultos en el medio rural son soluciones parciales a unas necesidades que van a ir creciendo en los próximos años. Pero estos servicios educativos específicos que atienden estas vías imprescindibles para el envejecimiento activo de nuestra población adulta no deben ser espacios segregados. Las personas mayores no deben constituir mundos aparte, homogéneos en edad, separados del resto de las generaciones. Poco a poco debe ir extendiéndose hasta imponerse una nueva perspectiva en relación a estos servicios educativos que van a resultar esenciales y básicos, como son los sanitarios y los asistenciales. Desde las propias administraciones públicas debe ir surgiendo un nuevo modelo en la planificación de sus redes de centros, en las que además de concebir espacios que ofrezcan distintos servicios, prime el principio de disponer de espacios que promuevan y garanticen la convivencia entre generaciones. En un futuro, esperemos que próximo y que en algunos países ya están avanzando, los centros de educación infantil, o los de primaria y secundaria, compartirán espacios con centros de día para la atención de personas mayores y las residencias de estudiantes con las de mayores. En los futuros mapas de servicios de las distitnas administraciones públicas se concebirá, en primer término, el diseño de espacios compartidos, primando el uso diverso y colectivo para sectores de edades diversas. Y esto vendrá a aplicarse desde los servicios de empleo a las comisarías; de las bibliotecas públicas a los centros de salud, creando nuevos escenarios para los encuentros y relaciones intergeneracionales y para el desarrollo de actividades compartidas con las personas mayores. Por de pronto, para el curso que viene, pretendemos que el aula de adultos se establezca en nuestro Instituto y contar de manera habitual, diaria, con las personas mayores en nuestros espacios, compartiendo mesas y pupitres con sus nuevos compañeros, que les van a restar edad, soledad y monotonía. Con propuestas como ésta, todos salimos ganando.




 









jueves, 2 de junio de 2016

Emociones paralelas: 

convivencia intergeneracional y aprendizaje emocional.




Desde que comenzamos nuestra andadura con los planes de convivencia intergeneracional tuvimos muy
presente que nuestro enfoque principal estaba orientado hacia el mundo de las emociones. Somos conscientes de la significación y trascendencia que tiene, dentro del ámbito educativo, el aprendizaje emocional como base y motor del resto de las competencias y habilidades que los alumnos tienen que alcanzar y entrenar. Y no sólo se trata de una cuestión relacionada con dimensiones tan valoradas en el aprendizaje formal como la motivación, la responsabilidad, el esfuerzo, el autocontrol, la asunción de normas y otras actitudes que consideramos básicas y que consideramos deberían estar integradas de serie en niños y adolescentes. Tiene más que ver con la perspectiva o componente emocional que condiciona o mediatiza cualquier esfera de la actividad humana y, muy especialmente, el aprendizaje. No es ninguna tontería decir que para aprender es necesario emocionarse y que es precisamente esa tensión pulsiva, esa activación neurosensitiva, la que nos mueve y conduce a los procesos cognitivos que ponemos en juego en esta compleja tarea. Pero además, en adolescentes y jóvenes -también en niños- las situaciones vitales que llevan consigo mismos a los centros educativos, a veces con cargas tan pesadas como sus mochilas llenas de libros, precisan de una atención que, la mayor parte de las veces, no tiene lugar. Son estas cuestiones, tan importantes y significativas para ellos, las que deben trabajarse en el aula, dándoles cabida  en el escenario de aprendizaje que les debemos crear y preparar. La integración, la aceptación propia y por parte de los demás, el compromiso, el afecto, la autoestima, la valoración de riesgos, la petición de ayuda, la toma de decisiones y un importante conjunto de dimensiones emocionales que, para ellos, constituyen su principal foco de interés y de preocupación. Si no las colocamos en un lugar preferente de nuestra acción educativa, estamos enajenando la parte más importante y sensible de su yo, imposibilitando una verdadera formación integral de los alumnos, que constituye el eje principal de nuestro trabajo como docentes y el objetivo declarado de las institucione educativas.

Desgraciadamente, en muchos de los planes de estudios y en las propuestas curriculares que establecen las administraciones educativas, la emocional no se incluye, de manera específica, como una más de las competencias claves que trabajar con los alumnos. Como mucho se introduce como un principio o aspecto que, de manera transversal, debe tenerse en cuenta en la práctica docente. Es cierto que dentro del propio profesorado, como ocurre en el conjunto de la sociedad, no existe una cultura asentada en relación al mundo de las emociones y mantenemos una cierta reticencia a considerar, de manera explícita, esta perspectiva en nuestra actividad como docentes. De ahí que, más allá de algún curso o taller al que podemos llegar a apuntarnos, la educación en emociones suela quedar, como ha venido ocurriendo, fuera de las aulas. En este campo, como en el de la casi totalidad de las cosas importantes, el aprendizaje viene de mano de la propia experiencia, con todas las implicaciones que derivan de ella. El aula es, por mucho que queramos negarnos a la evidencia, un escenario de experimentación y de vivencias, en donde se aprende, sobre todo, no por lo que se pretende que se sepa, sino por lo que se es y se hace. Al fin y al cabo, el objetivo de nuestra labor es el que los alumnos aprendan a ser, además de a hacer, y no sólo, como creen muchos, a que se limiten a saber, a adquirir conocimientos y contenidos. Ahora bien, cómo son y cómo somos alumnos y profesores en un aula, qué hacemos y cómo nos comportamos de manera habitual en un centro educativo. Responder a estas cuestiones no resulta ni fácil ni cómodo y tiene mucho que ver con nuestra manera de enfocar nuestra labor, la metodología que aplicamos y, aunque no seamos conscientes de ello, nuestro grado de madurez emocional. Nos guste o no reconocerlo, nuestros alumnos aprenden de nosotros fundamentalmente por lo que hacemos y por lo que somos.

El tipo de vivencias y experiencias que se viven en un aula, como bien se puede suponer, está muy mediatizada por el tipo de relaciones que se producen en ella y los roles que asumimos y representamos tanto los alumnos como los profesores. Unos papeles de los que nos resulta difícil prescindir y que suelen sernos muy útiles para mantener un esquema más o menos fijo de relaciones, sentirnos más seguros y reducir nuestra vulnerabilidad. Como además, nuestras clases suelen plantearse como mundos ajenos, en el mejor de los casos paralelos, a la  realidad que viven los alumnos y aun la de los propios profesores, dejamos fuera un montón de situaciones vitales de las que necesitamos aprender y que resultan imprescindibles en nuestra formación. De ahí que el mundo de las emociones suela estar muy limitado en los espacios educativos tradicionales, lo que dificulta el trabajar y plantear experiencias acerca de una buena parte de sus dimensiones. De ahí la necesidad de que nuestros escenarios de aprendizaje superen las limitaciones del aula, del propio centro educativo y se amplíen a otros espacios en los que vivir experiencias significativas, que ayuden a los alumnos a construir sus propios yos y a activar, intensificar y diversificar su formación emocional. Es lo que estamos tratando de conseguir con los nuevos nexos que estamos generando con otras instituciones asistenciales y educativas, como es el caso del Centro residencial de mayores ServiMayor o, más recientemente, el Centro de educación infantil La Casita. Gracias a esta apertura, los alumnos amplían su espacio de relaciones -y aquí la perspectiva intergeneracional cobra un papel protagonista- y, con ellas, las situaciones y las vivencias que los alumnos, los mayores y los niños se encuentran de un modo habitual. A estos nuevos escenarios venimos a referirnos como "laboratorios de emociones", que van ganando importancia en el conjunto de las instalaciones y dependencias de nuestro Centro.

El aprendizaje emocional, aún llevando ya más de dos decenios de inclusión como paradigma central en el mundo de las inteligencias, sigue teniendo escasa aplicación -no así predicación- en el mundo educativo. Aún así, cuenta con mucha más atención y dedicación por parte de profesionales e investigadores en el mundo de los jóvenes que en el de los mayores. De hecho, parece que el concepto de aprendizaje permanente queda excluido del ámbito emocional y venimos a considerar que, en el mundo de las emociones, llega un momento de la vida en el que ya no hay más que aprender, o que las emociones empiezan a tener un papel secundario y muy mitigado en nuestras actividades vitales. Un prejuicio que, de una manera silenciosa y sin intención, se ha instalado en la percepción del mundo de los mayores y que ha llevado a minimizar su presencia e importancia. A excepción de ciertas situaciones patológicas o de sintomatología depresiva, poca atención se presta al mundo emocional de las personas mayores. Y no nos engañemos, todo planteamiento que abarque el envejecimiento -y más desde la perspectiva del envejecimiento activo- tiene un sustancial e inevitable componente emocional. Los que trabajan directamente con ellos, y muy especialmente en residencias de mayores, son muy conscientes de lo que afecta en su bienestar el componente emocional, incluidos aquellos que sufren cualquier grado de deterioro cognitivo. Desde hace un tiempo tenemos entre nuestros proyectos el llevar a cabo un programa de aprendizaje emocional conjunto de adolescentes y mayores. Aunque pueda sorprendernos, en estos tramos de edad aparentemente tan distintos y distantes se encuentran desafíos y situaciones vitales muy similares, que abren la puerte para proponer planteamientos, programas y estrategias conjuntos. Esta presentación contiene un esquema que recoge las bases de una propuesta de aprendizaje emocional compartido para adolescentes y mayores. Aunque de manera implícita e intuitiva ya estamos llevando a cabo una parte importante del mismo, esperamos que, a corto plazo, podamos implementarla de forma más explícita e intencionada. En este caso, las líneas que se cruzan en experiencias intergeneracionales nos están mostrando la dirección hacia un mundo de emociones paralelas.





domingo, 29 de mayo de 2016

Encuentros Tri-generacionales.

Encuentros Tri-generacionales: un nuevo rumbo en el aprendizaje de niños, jóvenes y mayores.




Uno de los mayores riesgos que corremos los profesionales de la educación es el dejarnos arrastrar por las rutinas y las inercias. Cuando se consigue sustraerse a las dinámicas habituales y abandona ese estado de confort que produce el hacer siempre lo mismo y de la misma manera, uno acaba reflexionando cuál es realmente el fin de su actividad como profesor y de qué manera puede trabajar para alcanzarlo. En este proceso, que inevitablemente implica una sensación de inseguridad y de riesgo, uno se inicia en el desarrollo de metodologías alternativas, que sitúan al alumno en el centro del escenario educativo como elemento activo y constructor de sus propios aprendizajes. En el fondo, esta forma de aprender no es ninguna novedad y podemos rastrearla desde la Grecia clásica a la Institución Libre de Enseñanza. Y en este camino, acabas deduciendo que las dimensiones más importantes en las que debes apoyarte son las que tienen que ver con el ámbito relacional y el mundo de las emociones. Al fin y al cabo, las demás competencias que los alumnos deben adquirir, entrenar y desarrollar reposan sobre estas dimensiones tan esencialmente humanas. Afortunadamente, los profesionales que trabajan con los aprendices más pequeños, los que se dedican a la educación infantil, mantienen intactos estos principios en sus planteamientos y actividad formativa. Desgraciadamente, a medida que van pasando por los sucesivos niveles educativos, nos olvidamos del carácter integral que debe adquirir el aprendizaje de los alumnos y deja de preocuparnos el modo de conseguirlo.

Sirva esta reflexión introductoria para presentar una de las experiencias más interesantes y enriquecedoras que estamos viviendo en este curso escolar. Nuestra singladura por el mundo de la convivencia intergeneracional vino de la necesidad de trabajar dimensiones relacionadas con la iniciativa personal y el desarrollo de la autonomía, sobre todo dentro del emprendimiento social. Por supuesto que esto suponía trabajar otras dimensiones importantes de la competencia que ha venido a denominare "social y ciudadana", especialmente necesarias en el caso de adolescentes que precisan de entrenar un buen número de habilidades sociales. Pero desde el principio fuimos conscientes de la importancia que iba a tener el aprendizaje emocional y el mundo de experiencias que, dentro de este campo, iba a abrirse para nuestros alumnos. Este mismo punto de vista es el que ha llevado al centro de educación infantil "La Casita", situado en Losar de la Vera, perteneciente a la Liga Española de la Educación y la Cultura Popular, a introducirse también en el escenario de las relaciones intergeneracionales. Dos rumbos que, neceseriamente, tenían que cruzarse y que hemos conseguido aunar en una misma y común navegación. Puestos en contacto, después de constatar que no se trataba de una acción puntual sino de un programa sólido, estructurado y sistemático, fuimos descubriendo las posibilidades que nos ofrecía el juntar los tres tramos de edad: los mayores residentes de ServiMayor, nuestros adolescentes y jóvenes de 3º de ESO y los niños de 2 a 3 años. Planteamos el llevar a cabo un plan piloto para este último trimestre, que sirviera de campo de pruebas para el diseño de un programa educativo para el próximo curso y, acto seguido, nos embarcamos en esta nueva experiencia tri-generacional.

Desde el comienzo de nuestras actividades en ServiMayor hemos sido testigos de los beneficios mutuos que produce el encuentro entre jóvenes y mayores. Desde la perspectiva de los residentes, son múltiples los efectos positivos que provoca la presencia de nuestros alumnos en la residencia. No sólo se trata de ver por sus dependencias y pasillos a un grupo de edad que escasea en este tipo de lugares y el variar las rutinas de personas que viven en una inevitable monotonía. Su participación en los programas de estimulación cognitiva y motora que conducen los terapeutas y animadoras socioculturales, los talleres de manualidades y las actividades de ocio -muchos de ellos diseñados y organizados por los propios alumnos- tienen un efecto tremendamente positivo en el bienestar emocional de los mayores. Los lazos afectivos que se establecen entre ellos, verdaderos vínculos que van surgiendo de manera espontánea y natural, tienen un considerable poder terapéutico en la residencia. De hecho hemos acuñado ya el concepto de "terapia intergeneracional". Pues bien, si los adolescentes y jóvenes tienen una importante capacidad estimuladora en los mayores, la presencia de niños de esta edad, dos y tres años, añade una nueva dimensión emocional con una importante carga evocadora. Muchos de los mayores residentes guardan en su memoria emocional un buen número de experiencias relacionadas con niños, que se ven automáticamente conectadas cuando los ven de nuevo a su alrededor.
Ya hemos destacado las distintas dimensiones relacionales, sociales y emocionales que se trabajan con los jóvenes en un escenario intergeneracional y que, en el caso de los niños, supone llevar a la práctica los mismos procesos y competencias en un nivel inicial, adaptados lógicamente a su edad. Pero además, tanto para los niños como para lo alumnos de secundaria, el trabajar juntos supone poner en juego un nuevo valor añadido. Nuestros adolescentes y jóvenes actúan en gran medida como mediadores entre los niños y los mayores. Sirven de nexo entre ambos y se encargan de orientar, administrar y dirigir las tareas y actividades que realizan en común. La mayor parte de los residentes se encuentran asistidos y, bastantes de ellos, tienen problemas de autonomía y de deterioro cognitivo, por lo que resulta necesario que se vean también apoyados y tutelados. Se forma así un curioso trío con un vértice definido, a partir del cual se generan nuevas coordenadas en los lazos de afectividad que se desarrollan a partir de ahí. Para facilitar el proceso de integración y acomodo a este nuevo espacio educativo, hemos vinculado a cada alumno con un niño, sobre el que centra su responsabilidad y atención. De este modo estamos fomentando otro de los principios y acciones que mayor capacidad motivadora tienen y que potencian otras dimensiones educativas: la mentorización. Una faceta que ya estábamos viviendo en una doble dirección con los alumnos y los residentes, dadas las características propias de un centro residencial y del estado de salud de los mayores que lo habitan. Ahora la labor de mentores se multiplica hacia abajo, hacia los niños pequeños, que ven incorporado en sus escenarios de aprendizaje una nueva figura, la del joven, que le abre novedosas perspectivas formativas. También, sin duda, la de la persona mayor, que irá integrando progresivamente de una manera natural en su ámbito relacional.

Este es el nuevo espacio de encuentros que estamos iniciando y experimentando entre un centro de educación infantil, una residencia de mayores y un instituto de secundaria. Son muchos los retos y las posibilidades que se nos ofrecen en esta travesía en la que nos hemos embarcado. Una nueva realidad enormemente estimulante de la que ya estamos obteniendo resultados muy positivos en el corto plazo. Los campos que se nos aparecen para poder descubrir y transitar son vastos e inexplorados, situándonos de lleno en la reflexión acerca de cuál debe ser la manera más adecuada  para aprender y formarse, desde los estadios más iniciales a los más avanzados, dentro de lo que se denomina aprendizaje permanente o a lo largo de toda la vida. Esto nos supone entrelazar mundos educativos que acostumbramos a separar y segregar, lo que puede ayudarnos a replantear principios que creíamos inumatables. Una buena ocasión para sacudirnos de nuestras inercias y rutinas, que nos ofrece un bonito y estimuante viaje hacia la experimentación y la innovación educativa, orientado hacia la puesta en acción de nuevas metodologías, el diseño de procesos educativos conjuntos, el aprendizaje emocional y el desarrollo de espacios relacionales. Y lo mejor es que cada vez somos más los que vamos juntos en este viaje.







sábado, 28 de mayo de 2016


"Cocina terapéutica": 

talleres para despertar los sentidos




A lo largo de este curso hemos creado un nuevo escenario en nuestros encuentros intergeneracionales con los residentes de ServiMayor, que hemos venido a definir como "Cocina terapéutica". Se trata de talleres que diseñan, organizan y coordinan los alumnos de primer curso del ciclo de Formación Profesional de grado medio "Técnicos en Cocina y Gastronomía". Una compañera, Tonia Hurtado, es la profesora que los guía y orienta, acompañándolos en esta novedosa experiencia. Quincenalmente, programan las actividades de elaboración, destinadas a la realización de distintas recetas. Estudian y seleccionan qué procesos resultan los más adecuados para que los residentes que participan, la mayor parte de ellos con escasa autonomía y aquejados de falta de movilidad y, en algunos casos, con deterioro cognitivo, se vean estimulados. Los ejercicios que suelen realizar en la residencia con los terapeutas ocupacionales y con el fisioterapeuta, siendo muy convenientes y eficaces, no resultan a veces todo lo divertidos y estimulantes que uno quisiera. Las actividades que llevan a cabo con el taller de cocina contienen, en cambio, una importante dimensión lúdica, lo que supone una indudable ventaja para ejercitar movimientos que contribuyan a la mejora de su motricidad. De ahí que los alumnos diseñen sus recetas pensando en elaboraciones que exigen amplios y variados movimientos de brazos y manos, como amasar, batir, montar o bolear. También buscan actividades que entrenen la motricidad fina, de ahí que selecciones elaboraciones que sean exigentes en el rallado, apanado, pincelado, moldeado, plegado, desmenuzado y un buen número de tareas que, aunque puedan parecer engorrosas, ayudan a mejorar la destreza manual de las personas mayores y prevenir el agarrotamiento y el entumecimiento de las articulaciones.

Teniendo en cuenta el poder evocador que tienen los olores y aromas, sus platos tratan de incluir especias y condimentos que consigan despertar sensaciones. Un objetivo de especial importancia para prevenir y mejorar el deterioro cognitivo, dada la capacidad que tienen los receptores sensoriales olfativos para intensificar la actividad neuronal y estimular otras áreas del cerebro. Además, los olores conservan un importante caudal de recuerdos asociados a experiencias y vivencias, que resultan muy útiles para ejercitar la memoria y otras actividades relacionadas con la reminiscencia. Los alumnos también tienen en cuenta las texturas y temperaturas de los ingredientes que introducen, para que el tacto, otro de los sentidos que entran en juego, sea otro canal de estimulación y haga su efecto en la activación neuronal.

La cocina sigue siendo para las personas mayores una de las áreas de mayor interés. Los que todavía son copletamente autónomos y viven en sus casas centran en torno a las comidas que tienen que elaborar gran parte de su actividad diaria. Pensar en lo que van a elaborar, recordar las recetas y llevar a cabo los procesos que exigen los platos son rutinas con un importante nivel de exigencia. Gracias a estas actividades diarias ejercitan y ponen en juego diversas competencias que les ayudan a reforzar su autonomía y a prevenir cualquier tipo de dependencia. El  hacer la compra, además de suponer un constante entrenamiento en ejercicios cognitivos, que ponen en juego la memoria, el cálculo, la asociación, la comparación o el contraste con la realidad, es una de las más importantes actividades relacionadas con la socialización que llevan a cabo. Es cierto que este tipo de actividades suelen realizarlas esencialmente las mujeres, pero pueden suponer un conjunto de experiencias tremendamente estimulantes para los hombres que, llegada su jubilación, se abren a nuevas vías de desarrollo personal. De ahí las posibilidades que se abren para este tipo de talleres en el marco de las acciones y propuestas del envejecimiento activo, que deben incluir la cocina en su oferta de actividades, con una especial atención a la participación masculina. Una estrategia que además debe perseguir que el hombre se haga partícipe de las actividades domésticas, descargue el grueso de las actividades de la casa que todavía recaen en muchos hogares en las mujeres y que, de paso, neutralice los elementos sexistas que en algunos mayores todavía se mantienen vivos.

Cuando los mayores entran en una residencia, dejan de realizar un buen número de las rutinas que acostumbraban a llevar a cabo cuando vivían en sus casas. Es cierto que la pérdida de autonomía que suele asociarse a su ingreso en un centro residencial supone el primer impedimento, lo que no debe implicar el que ya no se puedan realizar, adaptándose esas actividades a su actual condición física o cognitiva. La mayor parte de los que participan en estos talleres han sufrido hemiplejias, hictus, parkinson, tienen temblores, padecen de artritis o necesitan estar en sillas de ruedas, lo que no es obstáculo para que puedan reaizar todas las actividades que se programan. Ninguno de ellos había vuelto a cocinar desde que llegaron a ServiMayor, lo que ha supuesto el reencontrarse con una actividad familiar con la que se sienten muy identificados. Significa por tanto el situarse en un momento vital en el que disponían de mayor grado de autonomía y de realización personal, con toda la carga de autoestima y confianza que esto supone. De ahí que en estos talleres se traten diversos aspectos del mundo de las emociones y contribuyan a trabajar en ellos aspectos esenciales de su aprendizaje emocional.

Cuando se terminan los talleres, como premio, se dispone para su degustación de todos los platos cocinados. Un premio añadido que se obtiene después de dos horas de trabajo intensivo. También el gusto tienen en cuenta los alumnos a la hora de diseñar sus recetas, tratando de combinar los sabores conocidos y familiares -de nuevo la evocación como estrategia terapéutica-, con otros que les puedan sorprender. Todavía recuerdo la curiosidad de una de las residentes cuando probó por primera vez una porción de pizza y cómo disfrutó con unos sabores y texturas con lso que, hasta entonces, no se había enfrentado. Y estos pequeños placeres también hay que tenerlos en cuenta en un centro residencial de mayores, cuando la rutina del día a día se extiende incluso al ámbito de la gastronomía, con unos menús adaptados a su edad en los que resulta difícil introducir mayor diversidad y ciertas dosis de incertidumbre y variedad. Resulta indudable que los talleres de cocina orientados a las personas mayores tienen mucho sentido.







jueves, 26 de mayo de 2016

29 de abril. Día escolar europeo de la solidaridad y convivencia con los mayores.




29 de abril. 

Primer "Día Escolar Europeo de la solidaridad y convivencia con los mayores".

Logo del 29 de abril, diseñado por  la alumna Marta Pérez Rodríguez


Niños, jóvenes y mayores en ServiMayor.
 El pasado 29 de abril se celebró en Extremadura el "Día escolar europeo de la solidaridad y convivencia con los mayores". Una celebración pedagógica incluida en el calendario escolar que viene aprobado y regulado por la Consejería de Educación y Empleo. Era la primera vez que se señalaba un día del calendario para tomar en cuenta, dentro del ámbito escolar, la necesidad de favorecer el encuentro entre las personas mayores y los niños, adolescentes y jóvenes. Una ocasión para integrar a las personas de edad dentro de la vida diaria de los escolares y potenciar los valores y actitudes relacionados con esa deseable convivencia intergeneracional. Extremadura es, en este aspecto, una comunidad pionera, que ha entendido la visibilidad de los mayores y su ubicuidad no sólo como un proceder de justicia social, sino como un espacio esencial para cumplir las expectativas de los mayores de hoy en consonancia con el paradigma del envejecimiento activo. Sólo en un contexto multi-generacional tiene sentido y lugar cualquier propuesta conducente a su desarrollo personal y a su enriquecimiento vital. Pero también para los niños, adolescentes y jóvenes resulta igualmente beneficioso y necesario el disponer de un espacio de relaciones más amplio y heterogéneo, que complemente las redes habituales formadas en torno a la familia, la escuela o el instituto, cada vez más limitadas en los contactos con tramos de edad más diversos.
Jóvenes en el rocódromo.

Como en el curso pasado, el IES "Jaranda" celebró su "Día del Centro" en el centro residencial de mayores ServiMayor, ubicado en Losar de la Vera, haciéndolo coincidir con esta conmemoración. Al fin y al cabo, la propuesta para incluir esta celebración pedagógica partió del Equipo Directivo de este Instituto, que tuvo una favorable acogida por parte de la Consejería de Educación. Una iniciativa que responde al decidido compromiso de este centro educativo con la convivencia intergeneracional, que viene abanderando desde hace tres cursos, implementando en cada uno de ellos un programa específico: "Encuentros en la Tercera Fase" (curso 2013-2014), "Tablas para la vida" (curso 2014-2015) y "Compañeros de viaje" (curso 2015-2016). A lo largo de estos tres años se ha ido nutriendo de una intensa experiencia en este ámbito de las relaciones de edad, a través de programas sistemáticos y estructurados a lo largo de todo el curso, llevando a cabo un nutrido conjunto de actividades que tienen lugar, quincenalmente, a lo largo del curso escolar, dentro del período lectivo de los alumnos.
Talleres de cocina para mayores, niños y jóvenes.

En la celebración de este Día, como aconteció en el curso pasado, se prepararon distintas actividades destinadas a los alumnos y las personas mayores residentes, que iban desde la instalación de un rocódromo (orientado lógicamente a los jóvenes y adolescentes), a talleres de cocina, juegos tradicionales, talleres de botánica y hasta a montajes de marionetas. Ene sta celebración asistieron también los alumnos y pofesoras del Centro de Educación Infantil "La Casita", pertenciente a la Liga Española para la Educación y la Cultura Popular y situada también en Losar de la Vera. Entre residentes, alumnos, profesores, profesionales de la residencia, madres y padres se juntaron más de cuatrocientas personas en los bonitos exteriores de ServiMayor, en donde se llevaron a cabo las actividades. Como colofón a ese Día se llevó a cabo un concierto a cargo de los alumnos del Instituto.
La función de marionetas a cargo de los alumnos.
Del compromiso adquirido por la Junta de Extremadura con estos principios dio muestra la presencia de la Consejera de Educación, Esther Gutiérrez Morán, y de la Directora Gerente del SEPAD, Mª Consolación Serrano García. Ambas amadrinaron el acto y oficiaron el bautizo de honor a esta primera celebración del 29 de abril como Día Escolar Europeo de la Solidaridad y Convivencia con los Mayores. Tanto Esther como Mª Consolación, cada una en su respectivo ámbito de responsabilidades y acción, mostraron su firme convicción con los principios relacionados con la convivencia intergeneracional e hicieron público su decidido apoyo a los programas y actividades que se desarrollan en este campo de las relaciones de edad. Fruto de la coordinación y de los intereses compartidos por las consejerías de Educación y Empleo de una parte y de Sanidad y Políticas Sociales por otra ha resultado el "Programa de Acción" que va a ser firmado en fechas próximas, tal y como anunciaron en sus discursos. Un Programa que debe servir de estímulo, difusión, formación y coordinación para el desarrollo, en toda la región, de proyectos y actividades de convivencia intergeneracional, de los que nuestro Instituto y ServiMayor van a servir, como pioneros en estos campos, de experiencia piloto. 
Talleres de creatividad (poesía, marcapáginas, tarjetones...)

No pudo haber mejor celebración para este primer 29 de abril, anuncio de una nueva etapa en la concepción de las relaciones intergeneracionales que, tal y como prevemos, va a disponer del empuje y amparo institucional necesarios para ampliar su esfera de acción, involucrar a más centros educativos y asistenciales e intensificar los programas y actividades orientados a la convivencia y solidaridad entre las generaciones. Estamos en una coyuntura de especial significación, inmersos, tal vez sin ser conscientes de ello, en el necesario cambio de paradigma con respecto a las edades, que tiende hacia la inclusión y la creación de espacios compartidos y a remitir la separación y la segregación de las personas mayores. Conviene ir participando con ilusión y entrega en esta tarea tan necesaria y justa, de la que niños, adolescentes, jóvenes y personas mayores se van a ver beneficiados.
El acto estuvo amadrinado por Esther Gutiérrez Morán y Consolación Serrano García. Asistieron también los alcaldes de Jarandilla (Fermín Encabo Acuña) y Losar (Germán Domínguez Martín) y la presidenta de la Mancomunidad de la Vera (Montserrat Fernández Castillo). En la fotografía el Presidente de ServiMayor (Martín González Carvajal) presentando el acto, el Director del IES Jaranda (Manuel Negrete Alcudia) y el Coordinador de programas intergeneracionales del Centro (Ignacio Chato Gonzalo)

Residentes esperando a que comience la actuación.


Concierto de los alumnos, con el promotor musical del Instituto, el profesor y Jefe de Estudios adjunto Álvaro González Santana.
Profesores, profesionales de la residencia, mayores residentes, jóvenes y niños en el concierto.