domingo, 5 de abril de 2020

Ética de excepción

Ética de excepción



      Siempre he tenido ciertos reparos ante las respuestas colectivas que se producen en relación a determinados eventos, como ocurre en las fechas de navidad, o al calor de un suceso especialmente dramático o excepcional. Son reacciones en masa que se retroalimentan en ese peculiar escenario, en el que nos sentimos movidos -no voy a decir obligados- a responder de una manera particularmente emotiva y a mostrar un grado de compromiso que no acostumbramos a tener en nuestro día a día. Sería cínico si dijera que se trata de respuestas impostadas o exageradas, efecto de la ocasión y de un contexto conmovedor, en el que confluyen un montón de condicionantes que nos llevan a actuar de una manera diferente a la habitual, empujados por una ola en la que nos dejamos llevar. La visión trivial que tiende a proyectarse y difundirse sobre las reacciones humanas en situaciones dramáticas o de profunda crisis, como las que estamos viviendo, en las que el gesto solidario se convierte en una imagen redundante y sobredimensionada, provoca unos efectos que pueden resultar contraproducentes. No hay duda de que las actitudes bienintencionadas de cooperación, ayuda y colaboración tienen un beneficio directo, tanto para sus destinatarios como para los que las llevan a cabo, pero su propio carácter puntual y condicionado al momento y a las connotaciones que le acompañan las convierten en espejismos de ayuda, de servicio efímero y de solidaridad acotada. Comportamientos evanescentes que tienden a diluirse hasta desaparecer cuando la situación se normaliza y volvemos a nuestras rutinas y hábitos, en los que deja de practicarse la ética de la excepción. Porque en el regreso a nuestro quehacer diario volvemos a dejar colgados esos valores y principios que, como si fueran una capa exterior, no sé si ropa de faena o un bonito traje de los domingos, nos ponemos y quitamos en función de la ocasión.


      En nuestro país no tenemos arraigada una cultura del voluntariado como tienen en otros países de nuestro entorno. Los datos son apabullantes cuando se compara nuestra actividad en entidades y organizaciones, sea cual sea su función o campo de acción -social, sanitaria, cultural, educativa, deportiva, ambiental, de ocio o religiosa-, con la que realizan en el resto de Europa. El porcentaje de personas voluntarias, que en 2018 alcanzaba al 6,2 por ciento de la población, se encuentra por debajo de la mitad de la media europea, un valor que aún se reduce más con respecto a la población juvenil (de 14 a 24 años). Estas cifras, que al venir de encuestas reflejan el ámbito formal y no formal de la acción solidaria, muestran una visión objetiva del compromiso efectivo, real y práctico que, hasta la fecha, teníamos en España. No resulta fácil explicar el porqué de este bajo nivel en la perspectiva social e implicada del ejercicio de la ciudadanía ni las contradicciones que suscitan estas explosiones repentinas de solidaridad. Cómo es posible que un comportamiento ciudadano tan escasamente comprometido con nuestro entorno habitual, en el que la disposición personal es tan renuente a participar en acciones de solidaridad y de servicio, de pronto expresa una actitud desbordante de colaboración, ayuda y reconocimiento. O al contrario, cómo una sociedad que refleja en una situación de crisis lo mejor de sí misma -como vienen a identificar los políticos y proyectan los medios de comunicación-, dando incontables muestras de apoyo y de compromiso social, se encuentre tan desmovilizada e inerte socialmente en situación normal.



      Por mucho que estemos viviendo una situación completamente anormal, extraña, excepcional, difícil de imaginar apenas hace unas semanas, me resultan completamente inaceptables las visiones apocalípticas que prevén un antes y un después de estos acontecimientos. Soy también muy escéptico en cuanto a lo que vengamos a aprender de esta experiencia y del grado de transformación individual y colectiva que pueda generar. Es más, temo que los efectos sociales, culturales y relacionales nos conduzcan en una dirección, si no contraria, sí poco orientada hacia los horizontes y derroteros que deberíamos tener marcados desde el punto de vista social, ético y cívico. Resulta difícil creer que los cambios en los comportamientos, sobre todo los que tienen que ver con valores positivos o virtudes ciudadanas, puedan venir a golpe de situaciones de alarma. Por mucho que seamos defensores de la bondad humana, me temo que cuando nos sacude la preocupación, el miedo y lo imprevisto se impone la mayor parte de las veces nuestra naturaleza más adaptativa. La ética o la ciudadanía no pueden ser jamás el resultado de una acción espontánea e improvisada, efecto de un momento o de una situación determinados, por muy impactantes que lleguen a ser, ni deberíamos pretender que lo fuera. Debe ser fruto del aprendizaje, producto de la educación. Efecto de un proceso largo y prolongado, consciente y motivado, que se desarrolla a través de su ejercicio en un tiempo y en un espacio concretos.



      Desde hace años defendemos que el ámbito escolar es el escenario principal en el que ejercitar precisamente la ética y la ciudadanía, considerando que constituyen los objetivos principales de nuestra acción educativa. Hemos pretendido situar a los verbos "ser" y "estar", que en algunos idiomas se confunden, en el eje central de los aprendizajes, por encima de otros que han dominado la preocupación y acción del profesorado, como el "hacer" o el "conocer". Subordinar el conocimiento, las destrezas y habilidades al aprender a ser y a estar sigue suponiendo para nuestro colectivo una propuesta temeraria y completamente irreverente contra los principios academicistas, credo mayoritario en nuestra profesión. Durante años llevamos desarrollando una acción que nos gusta denominar de apostolado, tratando de convertir a nuestros compañeros de oficio, haciéndoles ver cuáles son los verdaderos fines del aprendizaje -que por cierto, vienen marcados adecuadamente por la ley-, centrados en la formación integral del alumnado, mostrándoles cómo puede hacerse y el modo de llevarlo a cabo. Es verdad que nuestro discurso puede resultar inquietante, perturbador, de hecho es justo lo que nos proponemos, porque nuestro propósito no consiste solo en transformar radicalmente la práctica docente, sino en cambiar la forma de entender nuestra profesión y cuál es el papel que debe desempeñar el profesor con respecto a los aprendizajes y en relación con el alumnado. Y aunque reflejamos con experiencias, auténticas evidencias, los logros y resultados de nuestra acción educativa, son muchas las resistencias y las reticencias. Supone habitualmente más un acto de fe que una mirada objetiva y crítica, que es lo que buscamos, al quehacer diario de cada uno de nosotros, en donde resulta difícil encubrir nuestras miserias y limitaciones. Si no percibimos que el cambio constituye una verdadera necesidad, una exigencia individual y social al mismo tiempo, que debería venir obligada por nuestro compromiso personal y profesional, una cuestión ética al fin y al cabo, uno no es capaz de salir de su zona de confort. Nadie se inicia por una senda de transformación de estas características, que va más allá de meros cambios formales, de maquillajes metodológicos de apariencia innovadora, a no ser que sienta realmente esa llamada. Porque supone el cuestionarse a uno mismo, poner en duda una trayectoria más o menos dilatada en el tiempo, marcada por la continuidad y refrendada por nuestro bagaje laboral. Resulta muy duro desterrar prácticas consolidadas, el cambio de hábitos y de rutinas y entrar en un espacio en el que la incertidumbre y la vulnerabilidad nos abren nuevas dimensiones más allá de los muros de los colegios, de los institutos y de los centros universitarios.




      El estado de alarma puede servir de catalizador para afrontar problemas y centros de interés que precisan de respuestas, también de nuevas preguntas, aunque hemos de ser conscientes de que las propuestas y soluciones que vengan a formularse no van a ir todas, a lo mejor ni la mínima parte, en la dirección adecuada. Pero sí va a tener un efecto claramente disruptivo, que va a ayudarnos a debilitar ciertos cimientos solidificados por el tiempo y la inercia. La interrupción de las actividades escolares presenciales está suponiendo un replanteamiento general de nuestra actividad en el aula, justo ahora que no estamos en ella, y de los principios que entre sus paredes ponemos en juego. Y esto no tiene solo que ver con métodos y actividades, va más allá, está poniendo encima de la mesa lo que las últimas leyes educativas pusieron hace ya tiempo sobre el papel y que la sociedad, de una manera más o menos consciente, viene demandando. Tiene que ver con el fin y el valor del aprendizaje, no sólo sobre cómo debe realizarse, sino con qué intención y con qué objetivos. En una coyuntura en la que se está apelando a la responsabilidad social, a la solidaridad, al compromiso, a los valores éticos y al ejercicio de la ciudadanía, hemos de sentirnos interpelados por cuál es y ha sido el papel de los educadores, de las escuelas, de los centros educativos en la formación de nuestros ciudadanos. Porque de una manera u otra debemos responder al cuándo, dónde y con quién se aprenden esos valores, esas conductas que determinan nuestro ser y estar y que definen y dan identidad a una sociedad. Todos confiamos en que esta situación sea eso, excepcional, pero esperemos que esas buenas prácticas y bonitos gestos que se han prodigado estos días dejen de ser una excepción. 

lunes, 16 de marzo de 2020

Lo intergeneracional en cuarentena

Lo intergeneracional en cuarentena




     La crisis mundial generada por el coronavirus está provocando, además de los dramáticos efectos en el ámbito sanitario, económico y social, otros que afectan muy directamente al contexto social de las personas mayores. Como muchas otras cosas que no se conocen de la evolución de este virus, tampoco sabemos cómo acabará incidiendo en las relaciones intergeneracionales, un escenario que está siendo especialmente atacado por la pandemia. Hemos de reconocer que las personas de más edad, las que están sufriendo con mayor gravedad la infección y que están sujetas a mayor índice de mortandad, se han convertido en el principal foco de protección y prevención. Como colectivo especialmente vulnerable ante un posible contagio, hemos adoptado medidas excepcionales con el fin de evitar el que puedan enfermar, asumiendo colectivamente la responsabilidad de protegerlas, acatando las tremendas exigencias del estado de alarma que ha adoptado el gobierno español. El propio presidente, Pedro Sánchez, aludía en la rueda de prensa en la que anunciaba su declaración a la solidaridad intergeneracional, principio que guiaba, en gran medida, la adopción de esta medida extraordinaria.

     Desde el primer momento de la crisis del coronavirus, las decisiones tomadas han tenido como principal objetivo el preservar del contagio al colectivo de más edad, cerrando los centros de mayores, restringiendo las visitas a las residencias y limitando sus movimientos. Acciones todas ellas orientadas a reducir su contacto con los tramos de menor edad, con los adultos, pero sobre todo con los jóvenes y los niños, a los que se considera vectores peligrosos para la difusión del virus, por la levedad o ausencia de síntomas y la falta de medidas que suelen adoptar en cuestiones de higiene, hábitos y prevención. Una imagen de inconsciencia e irresponsabilidad que, desgraciadamente, se levanta con demasiada facilidad hacia los jóvenes, reforzando los prejuicios y estereotipos negativos que acostumbramos a asociar con la edad. Y es que de los “edadismos”, aunque resulten más dolorosos e hirientes cuando se dirigen hacia las personas mayores, tampoco se escapan las de menor edad.

      Hace ya un par de semanas, cuando empezamos a plantearnos si era adecuado o no el continuar con nuestras visitas a la residencia de mayores, antes de su prohibición e incluso de su recomendación, comencé a sentir cierta preocupación, no tanto por la decisión en sí, que resultaba clara y conveniente, sino por las consecuencias que generaba ya en el momento y, sobre todo, por las que podrían derivarse en el futuro. Nunca había podido imaginar que, ante cualquier situación de gravedad o de emergencia, fuera cual fuera su naturaleza, la principal medida que pudiera venir a adoptarse fuera, precisamente, el evitar los contactos con las personas mayores. Siendo nuestro principal objetivo el llamar la atención pública en relación a la segregación que sufre la población de más edad, el denunciar su aislamiento con respecto a otros tramos de edad, el dar aviso de la situación de soledad que sufren los mayores y poner en acción iniciativas que tiendan a evitar esa separación y a generar escenarios intergeneracionales, la decisión, aunque tenga un carácter temporal, de limitar, restringir y hasta eliminar el contacto entre generaciones ha supuesto un duro golpe contra nuestros fundamentos y principios. En el momento en el que estaba surgiendo una cierta conciencia social acerca de la realidad que engloba el llamado “reto demográfico”, en el que estamos siendo sensibles a las distintas variables que implica el envejecimiento de la población y avistamos la necesidad de incluir un nuevo paradigma -el intergeneracional- que permita orientar nuestro modelo de convivencia a una sociedad más humana a través de espacios inter-etarios, las medidas extraordinarias adoptadas golpean directamente al centro de gravedad de nuestro programa.

     Llevamos más de dos semanas sin acudir a la residencia ni con los adolescentes y jóvenes del instituto ni con los niños del centro de educación infantil y posiblemente pasen otras cuatro o no sé cuánto tiempo más hasta que podamos restablecer nuestras actividades conjuntas. Nuestras alumnas mayores del instituto del Aula Intergeneracional dejaron de venir unos días antes de que se decretase el cierre del centro escolar y ojalá que su vuelta al clase pueda llevarse a cabo a un ritmo similar al de sus compañeros más jóvenes. Tampoco el alumnado voluntario del centro que participa en “Operación Soledad” (OpS), acudiendo por las tardes a la residencia, reanudará hasta dentro de unas semanas, no sabemos cuántas, sus visitas y talleres. Y lo mismo que ocurre en nuestro entorno conocido está sucediendo en todo el país, en donde los mayores, por su seguridad, están sufriendo el doble aislamiento al que les conduce su edad, el grado de dependencia y, sobre todo, el confinamiento y la segregación que, antes del coronavirus, ya padecían, pero que la pandemia, sin duda, ha venido a agravar. En todo este tiempo, que es duro para todos por la restricción de movimientos y el tener que recluirnos en casa, no hemos de pasar por alto que el aislamiento y el nivel de soledad resulta aún más intenso y duro para las personas mayores. Y no pensemos que por el hecho de que estén ya acostumbradas, de una forma naturalmente obligada, a vivir con restricciones en su contexto de relaciones, ellas afrontan mejor esta situación de excepción.

     Me pongo a pensar qué estaría pasando si en la realidad de hoy y de ahora hubiéramos tenido más predicamiento y éxito en nuestras propuestas y estuviéramos adelantados en lo que constituyen nuestras metas y proyectos a medio y largo plazo. Qué habría sucedido si en las residencias de mayores, en vez de estar pobladas exclusivamente por personas de edad avanzada, los residentes convivieran, puerta con puerta, con jóvenes estudiantes. Y si estuvieran más extendidos los programas de convivencia intergeneracional en los hogares, que promueven la integración de chicas y chicos jóvenes en casas de personas mayores, ¿qué habría pasado con ellos? Las estructuras de viviendas que comienzan a diseñarse, integrando a población joven y mayor en un mismo espacio arquitectónico, promoviendo espacios comunes de encuentro e interacción, habrían provocado serios problemas a la hora de gestionar su uso y el contacto entre sus habitantes. Y si los centros de día y de mayores no estuvieran concebidos como tales y los espacios e instalaciones estuvieran integradas en centros escolares con niñas y niños de educación infantil y primaria. Y qué sería de esos barrios concebidos como espacios intergeneracionales que lo que pretenden es, precisamente, el encuentro directo y constante entre personas de edades tan distantes. Bien es cierto que el confinamiento y el cierre de todo espacio colectivo hubiera mitigado cualquier riesgo, pero se hubiera incrementado la sensación de peligro y la necesidad de adoptar medidas añadidas para reducir el contacto social con los mayores. Y lo que aún me preocupa mucho más, que pensando en prevenir situaciones como estas en el futuro, creamos que lo más conveniente es el separar aún más a los mayores de niños y jóvenes, estimando que es lo mejor para alejarlos del peligro, cuestionando así la conveniencia de promover los contextos intergeneracionales. Estos planteamientos bienintencionados son los que han ido generando, al ritmo de la consolidación de nuestro estado de bienestar, servicios y espacios públicos segregados por el criterio de la edad. Ahora que estamos cuestionando este modelo de atención y convivencia, hemos de evitar que lo intergeneracional se ponga en cuarentena.

     Todos confiamos en que este virus, como otros que le han precedido, dejará de ser un serio problema en el medio plazo. O bien acabará aislado, derrotado y sin posibilidad de reproducción, o bien habremos descubierto una vacuna que nos prevenga en su regreso. Pero este virus ha inoculado, entre su malvado material genético, un nuevo y desconocido mal en nuestro entorno social y comunitario. La especial vulnerabilidad de las personas mayores ha generado una lógica y bienintencionada respuesta colectiva orientada a su protección, adoptándose medidas tendentes a reducir los espacios de encuentro y de interacción con los mayores, especialmente los que tengan que ver con niños, adolescentes y jóvenes. Las medidas de confinamiento, generalizadas a toda la ciudadanía, están resultando especialmente severas y lesivas para las personas de más edad. Pero hemos de precavernos de que esta prevención inter-etaria no se prolongue más de lo que dure la fase de contagio. No podemos permitir que el efecto más nocivo de este virus actúe precisamente sobre las relaciones intergeneracionales y nos lleve a recelar de las medidas, programas y acciones que pretenden el promover los escenarios de encuentro, convivencia e interacción entre las personas de distintas edades, especialmente los que unen a la infancia y la juventud con las personas mayores. No sabemos si el coronavirus o cualquier otro agente vírico que pueda presentarse en el futuro tendrá un comportamiento tan discriminatorio con respecto a la edad, pero hemos de plantear nuevas acciones de resistencia y lucha contra la enfermedad que no vuelvan a implicar medidas que contengan un mayor aislamiento de nuestros mayores. 

miércoles, 3 de julio de 2019

Educación Intergeneracional


Educación Intergeneracional: 

una vía para la transformación social.


Fotografías del Aula Intergeneracional del IES "Jaranda", de Jarandilla de la Vera, en la que alumnos de 1º y 2º de ESO llevan a cabo proyectos conjuntos con las alumnas mayores del Instituto, que acuden tres días por semana durante dos horas.

Hablar de educación intergeneracional no resulta fácil, fundamentalmente porque supone dar por sentados unos principios que, a día de hoy, no son admitidos, ni siquiera admisibles, para la mayor parte los agentes implicados. Y eso que, en apariencia, se trata de un concepto bienintencionado, obvio y cargado de evidencia, al menos en una de sus direcciones, ¿no aprendemos, desde niños, de personas que son mayores que nosotros? Pero esta cuestión, incluso, tiene sus límites y matices, más aún en la sociedad de la información en la que vivimos, en la que cierta edad se asocia a un grado de obsolescencia de la que resulta imposible escaparse. ¿Qué puede aportar de útil y necesario alguien que se encuentra desvinculado de las nuevas tecnologías y fuera del flujo de las redes de información? La misma pregunta podríamos hacerla en sentido inverso: ¿puede aprender algo que realmente merezca la pena una persona experimentada de un joven, de un adolescente o de un niño? Y en cuanto al aprendizaje de los adultos mayores, aunque los conceptos de “aprendizaje permanente” o de “aprendizaje a lo largo de toda la vida” alarguen sus términos para integrar a personas de edad cada vez más avanzada, su significado real todavía está lejos de tener una definición aceptable. Las preguntas en esta vertiente, las más simples y claves relativas al qué, por qué o para qué aprender en determinadas edades no tienen todavía las respuestas adecuadas para apuntalar el verdadero sentido de los programas educativos para adultos mayores. Lo cual no quita que, desde hace ya décadas, se hayan desarrollado iniciativas que atiendan a estos colectivos, bien por medio de los programas de educación de adultos o de los programas universitarios para mayores, bien en el ámbito de la educación no formal a través de diversas líneas en el área de los servicios sociales. Otra cosa es analizar las razones, los objetivos y los cometidos que han puesto en pie estas acciones y cuáles son los alcances y los límites de las mismas.

Asumiendo los beneficios del aprendizaje de los mayores desde una perspectiva gerontológica, orientada a sus efectos en el contexto del “envejecimiento activo” y de la “promoción de la autonomía”, además de otros relacionados con su bienestar y calidad de vida, atendiendo a los campos emocional, relacional, de la socialización, de la prevención de la soledad y de la participación social y ciudadana, el modo de plantear su aprendizaje tiene que incluir una dimensión propia. Desde hace años se acuñó el término de “gerontagogía” para referirse justo al contexto educativo de los adultos mayores y sobrepasar la mirada exclusivamente asistencial y adaptativa de afrontar su formación. Un horizonte de exploración y de puesta en acción más adecuado a la nueva “senescencia” que conforma, en las sociedades avanzadas, el amplio y numeroso grupo de mayores de 65 años que empieza a ser predominante desde un punto de vista cuantitativo y también cualitativo. Su capacidad económica hace de él un sector prioritario desde el punto de vista del consumo y del mercado -”Silver Economy” o “Economía de plata”-, pero también desde el punto de vista sociológico – la “generación de las canas” o ”Greynies”- y político, en lo que se prevé una gerontocracia en un futuro inmediato. Un colectivo plural, diverso y heterogéneo desde todos los puntos de vista, también desde su dimensión educativa, en lo que respecta a sus niveles de formación, cualificación, aptitudes, competencias, intereses y gustos. Esta moderna generación de mayores está planteando nuevas necesidades en el mundo de la formación y del aprendizaje, convirtiéndose en usuarios y consumidores de servicios educativos que generan una demanda cada vez más plural, diversa y exigente.

Las administraciones educativas deben ser las primeras en atender y promover estas expectativas formativas, inéditas en nuestra historia, incluyendo el derecho a la educación de los mayores como un foco de atención al mismo nivel que el resto de las etapas del sistema educativo. Un nuevo frente que debe abrirse en el terreno de las políticas educativas y que tiene que generar investigación, reflexión y debate, pero que tiene que incluir desde ya la promoción, el apoyo y la inversión en propuestas y ensayos que desarrollen líneas de acción en este terreno. Es en este espacio en donde cobra un especial interés la educación intergeneracional, en cuanto ofrece un amplio marco de posibilidades y recursos para que las soluciones que se adopten no sean demasiado onerosas e inasequibles y las acciones que se promuevan resulten factibles y efectivas. Pero sobre todo porque ofrece inmediatos beneficios a los colectivos que participan en estos escenarios educativos, no solo en el cuestionamiento de estereotipos y prejuicios asociados a la edad -”edadismo”-, sino en parámetros de todo tipo en las esferas educativa y del bienestar social, ciudadano e individual. La educación intergeneracional es una de las principales vías para restablecer las relaciones comunitarias y hacer renacer los vínculos entre generaciones.

Estas consideraciones implican un cambio sustancial, radical incluso, en lo que respecta a la concepción de los servicios públicos, que deben incluir lo “intergeneracional” como un planteamiento transversal, un nuevo paradigma, que afecta a todo el andamiaje de las distintas administraciones, especialmente en el ámbito competencial de las Comunidades Autónomas y de los ayuntamientos. De hecho, una de las claves debe ser la de aprovechar las redes y mapas de centros públicos ya existentes, aunque desde una nueva mirada que cuestione principios muy asentados desde el punto de vista funcional, de los servicios que ofrece, y del usuario, a quiénes van dirigidos o, mejor, de las edades a los que van orientados. Y ello con un planteamiento en el que la educación y el aprendizaje no se delimitan al estricto terreno formal de los centros educativos, sino en el que se “escolarizan” otros espacios públicos como los asistenciales, los culturales, los deportivos, los de ocio y recreativos o cualquier otro escenario comunitario que sea susceptible de generar posibilidades formativas gracias a la interacción entre personas de distintas edades. En esta nueva dimensión son de destacar los pasos dados por la Junta de Extremadura, pionera en la aceptación institucional de este nuevo concepto, gracias al compromiso asumido en torno a los programas intergeneracionales por parte de las consejerías de Educación y Empleo, de Sanidad y Políticas Sociales y de Cultura e Igualdad. Se trata de una estrategia novedosa orientada a generar escenarios de interacción entre mayores y niños, adolescentes y jóvenes, escolarizar espacios públicos que no se contemplaban y promover la educación intergeneracional.

Pero en este largo camino queda mucho por desbrozar y por andar. Normalizar la presencia de adultos mayores en centros educativos, transformarlos progresivamente en “centros intergeneracionales”, no resulta fácil y debe vencer resistencias y modificar inercias de todo tipo. No solo incluye otros interrogantes que se suman a los ya planteados con respecto al aprendizaje de los mayores, relativos al dónde, cuándo y con quién, sino que además afecta a los propios fundamentos de la educación en cualquier tramo de edad. Juntar en un mismo escenario de aprendizaje de forma habitual a personas de tan distinta edad obliga a considerar seriamente nuestra actividad en el aula. Cuestiona el propio espacio educativo, la arquitectura de los centros escolares, su organización y funcionamiento, pero sobre todo pone en tela de juicio el cómo se aprende. Una cuestión que no es solo de metodología sino de auténtica pedagogía, en cuanto remueve los cimientos sobre los que se asienta lo que entendemos por educar y aprender. Y es precisamente en el terreno del día a día de los centros educativos, en el que son muchos los obstáculos, las dudas y reticencias para explorar las nuevas vías que nos abren a lo intergeneracional, porque amenazan la seguridad y el confort que da a las comunidades educativas el seguir el camino de siempre. Lo mismo ocurre en el contexto universitario, en el que de poco sirve el que los jóvenes alumnos de grado compartan el mismo espacio en los campus con los mayores si no existe voluntad para que unos y otros interaccionen de verdad en escenarios de aprendizaje conjunto.

La educación intergeneracional sigue siendo una entelequia. Su objetivo más inmediato va orientado tanto a hacer preguntas que cuestionen certezas como a dar respuestas a necesidades sociales inaplazables. Como concepto reconforta por los valores cívicos que evoca, pero contiene una tremenda carga de profundidad en cuanto a los principios y acciones que implica y desarrolla. Su puesta en marcha supone una apuesta decidida por transformar sustancialmente la concepción de los servicios y usuarios de determinados ámbitos de las administraciones públicas y también el modo de plantear y realizar el trabajo de sus profesionales, especialmente en el ámbito educativo. Pero implica sobre todo un cambio profundo en el modo de concebir el ciclo vital y el asumir la necesidad de reorientar nuestras relaciones sociales -no solo las familiares- en el contexto de la edad. Una verdadera transformación social que debe renovar nuestros espacios de convivencia y generar en nuestras comunidades, ciudades y pueblos, nuevas oportunidades de interacción para, entre y con todas las edades.

Acto de final de curso de las alumnas mayores del Aula Intergeneracional del IES "Jaranda".



martes, 2 de julio de 2019

V Campamento de Trabajo "Encuentros Intergeneracionales"

¡Ese soy yo!

V Campamento de Trabajo "Encuentros Intergeneracionales" en ServiMayor.

Del 23 al 29 de junio, 24 alumnos de secundaria de 13 a 18 años de edad han participado en el campamento organizado por el IES Jaranda en el centro residencial ServiMayor, de Losar de la Vera.


Han pasado ya seis años desde que iniciamos este programa intergeneracional de la mano de ServiMayor. Una idea que, en un principio, tenía algo de atrevido y singular. Montar un campamento en una residencia de mayores con una veintena de adolescentes, justo después de terminar las clases en el instituto, en la primera semana de sus vacaciones, antes incluso de tener en sus manos las notas con las calificaciones del curso escolar. Un campamento, además, de trabajo, en el que los alumnos acompañan a lo largo de una semana a los profesionales del centro, codo con codo, realizando junto a ellos las mismas labores que desempeñan en su turno de mañana. Alojados en tiendas de campaña, sin las comodidades acostumbradas, sin televisión ni ordenadores y solo con la compañía del móvil fuera de las horas de trabajo. Que esta propuesta un tanto alocada tuviera éxito lo muestra esta quinta edición del Campamento de Trabajo "Encuentros Intergeneracionales", que acabamos de levantar este pasado fin de semana.

Este año han sido 24 los alumnos que han formado parte del campamento. Hasta esta edición no habíamos juntado tanta diferencia de edad, desde los 13 a los 18 años, con alumnos desde el segundo curso de ESO hasta 2º de Bachillerato. Han venido de tres centros educativos, la mayor parte del IES "Jaranda", de Jarandilla de la Vera, tres de Navalmoral de la Mata y, por primera vez, cuatro alumnos del IESO "Sierra la Mesta", de Santa Amalia, centro que forma parte de nuestro grupo CREA (Centros en Red para las Enseñanzas Activas) y que también desarrolla su propio programa intergeneracional. La estructura y el diseño ha sido la misma que en años anteriores. La zona de acampada también en el sitio de siempre, en los jardines de la residencia, en un lugar en el que ya dan algo más de sombra los árboles que se plantaron hace cinco años justo con esa intención, el dar cobijo a nuestros acampados en sus horas de descanso. El ritual de inicio, con el montaje de las tiendas de campaña, mostró las dificultades que tienen nuestras chicas y chicos ante unos artilugios que, la mayor parte de ellos -si no todos-, no habían tenido hasta ahora ocasión de conocer. Este año hemos plantado once tiendas para dar holgura al alojamiento y descanso. Aunque eso de dormir y descansar no resulta fácil en las noches de verano cuando juntas bajo un cielo estrellado tantas energías y ganas de vivir experiencias.

Todos los días se madruga, se levantan a las 7:00 horas, para dar tiempo al aseo personal y al desayuno antes de incorporarse a la faena y juntarse con los trabajadores del turno de mañana, que para entonces ya llevan una hora de adelanto. Y a partir de ese momento se forman estos dúos tan especiales, en los que los profesionales se convierten en mentores y maestros por unas horas de unos adolescentes que les acompañarán buena parte de su jornada. Nuestras chicas y chicos encuentran en la realidad el escenario ideal en el que ejercitar competencias y actitudes que no pueden ponerse en práctica en las aulas de un centro educativo. Con sus mismos uniformes, simulan el día a día de los técnicos de un ámbito laboral tan interesante como exigente como es el de los cuidados a los mayores y a las personas dependientes.

Cada día se cambia de pareja, para que puedan conocer el mayor número de puestos de trabajo y especialidades que tienen cabida en una residencia. Aunque el trabajo de auxiliar es el que predomina -y constituye la base de la actividad en el centro-, también acompañan a terapeutas ocupacionales, personal de cocina, limpieza, enfermería, fisioterapia, mantenimiento y administración. Finalizadas las tareas de la mañana, sobre las 12:30, la mitad de ellos se encargan de ayudar a comer a los residentes que lo necesitan y una vez terminado, se ocupan de los traslados y les acuestan para que puedan sestear. Siempre con la supervisión y la tutela del personal encargado, de los que reciben las orientaciones y las técnicas para el correcto trato y cuidado de los mayores, con especial atención a los que precisan de más delicadeza. La otra mitad pueden disfrutar en ese período de un tiempo de distracción en la garganta más cercana, en la piscina natural de Vadillo, en el municipio de Losar de la Vera, en donde pueden bañarse y relajarse por un rato. Llega después su hora de comer, con un menú especialmente pensado para ellos, teniendo en cuenta sus gustos y necesidades. Hasta que comienzan los talleres de formación, que se inician a las 17:30, disponen de un tiempo para ellos, que facilita el que tejan esos hilos de camaradería y amistad que va a cobrar una importancia señalable en la semana que van a compartir, creando uniones que la mayor parte de ellos sabrán conservar mucho tiempo después. Terminada la formación, llega el turno de las cenas y es el momento de ocio y diversión en la garganta para los que han trabajado en el de comidas. De vuelta a la residencia y después de cenar, llega el momento del esparcimiento, de los juegos, conversaciones y confidencias, que se prolonga en el campamento, en torno a las tiendas de campaña, en una noche que siempre pasa demasiado rápida. Un tiempo que algunas chicas y chicos aprovechan incluso para acompañar al personal del turno de noche y adentrarse en el cuidado nocturno y los cambios posturales de los pacientes que no pueden moverse por sí mismos.

Este año los talleres formativos han seguido un esquema similar a los anteriores, iniciándose con una clase exprés sobre técnicas en los cuidados, para pasar a tratar dos temas que siempre incluimos: el de las relaciones intergeneracionales y, otro de especial importancia en este ámbito y, tal vez, necesario tratar de manera específica en la esfera educativa de todos los niveles: el del final de la vida o, si se quiere, el tema de la muerte. Una cuestión que, en los días del campamento, hemos tenido muy presente porque es inevitable que en este tipo de centros, que incluye a pacientes en estado terminal, su presencia resulte habitual. Este año hemos introducido como novedad una cuestión que nos ha sorprendido mucho a todos y que constituye otro de los temas tabú, el de la sexualidad en el mundo de los mayores. El último día de formación nos incorporamos a las jornadas de formación que, anualmente, convoca ServiMayor y que va dirigida a profesionales dedicados a la dependencia institucionalizada. En esta ocasión el título que ha vertebrado las distintas comunicaciones y ponencias ha sido "La humanización de los cuidados. Derecho y deber de la sociedad del bienestar".


Mucho me extendería si tuviera que detallar los logros y beneficios que se consiguen con este tipo de actividades, tanto en los residentes, que viven con ilusión el cambio de rutinas y la presencia juvenil a lo largo de toda la semana, como en los jóvenes que participan en el campamento. Posiblemente ellos no lleguen a ser conscientes del todo de los aprendizajes que ponen en acción durante estos días, ni tampoco de los efectos que provocan en los mayores a los que atienden y cuidan, con una dedicación y entrega que resulta conmovedora para los que tenemos la suerte de observarlos. Pero no hay duda que para ellos esta experiencia supone un antes y un después en sus vidas, un punto de inflexión que les hace ser mejores personas. Un paso más en ese largo camino que les lleva a la construcción de su entidad y a reafirmar su identidad en el otro desde un punto de vista más humano. Seguro que a partir de ahora, al mirar a los mayores, no tendrán dificultad ninguna en reconocerse en ellos y afirmar, sin distancias ni recelos, "Ese soy yo".


Noticia emitida en el Informativo de Canal Extremadura (28/06/2019)

El Campamento de Trabajo "Encuentros Intergeneracionales" que organizan el IES "Jaranda" y el Centro Residencial ServiMayor cuenta con la financiación del SEPAD y forma parte de las actividades y programas del VI Plan de Juventud de la Junta de Extremadura.




sábado, 11 de mayo de 2019

Una Europa para/entre/con todas las edades

Una Europa  para/entre/con  todas las edades

Paula Chato e Inés Rodríguez, alumnas del IES Jaranda, de Jarandilla de la Vera, en su discurso en la entrega de la XIII edición del Premio Europeo Carlos V de la Fundación Academia Europea e Iberoamericana de Yuste.

Aprender y crecer a través del viaje y el caminar conjunto entre generaciones


Mesa de honor: S.M. el Rey Felipe VI; Dª Carmen Calvo, Vice-
presidenta del Gobierno de España; D. Guillermo Fernández Vara,
Presidente de la Junta de Extremadura; Dª Rebeca Grynspan, Se-
cretaria General Iberoamericana y Ana Pastor, Presidenta del 
Congreso de los Diputados.
      Este 9 de mayo de 2019, Día de Europa, se ha hecho entrega en el Real Monasterio de Yuste del Premio Europeo Carlos V, que otorga la Fundación Academia Europea e Iberoamericana de Yuste en su XIII edición. Un galardón que reconoce la labor de personas, organizaciones, proyectos o instituciones que han destacado por su compromiso con la construcción europea o por su contribución a los valores que se identifican con la unidad de Europa. Este año, el galardón ha recaído a los Itinerarios Culturales del Consejo de Europa, reconociendo el trabajo de esta institución con la certificación de un total de 38 rutas culturales europeas, que incluyen en sus periplos a otros continentes, como medio de contribuir a través del viaje la promoción del patrimonio natural, histórico y cultural, favoreciendo el contacto, la interacción y el conocimiento de las distintas sociedades y pueblos. Un modo de fomentar a través de la educación, la cultura y el ocio los principios fundamentales del europeísmo y de los derechos humanos, promoviendo la diversidad cultural, el diálogo y la unidad.


El Rey entrega el Premio Europeo Carlos V al Secretario Ge-
neral del Consejo de Europa, Thorbjørn Jagland.
      En el solemne acto de entrega, realizado en la iglesia del Real Monasterio de Yuste y presidido por Su Majestad el Rey, los discursos que han dado cuerpo a este evento, han reforzado el papel que representa el viaje en la Europa actual, como medio de fomentar la convivencia, la diversidad, la mezcla y de prevenir el riesgo de la exclusión, de la uniformidad identitaria y el modo de neutralizar cualquier tendencia por volver a levantar fronteras. El viaje como acción y metáfora de la unión y de la paz frente al chauvinismo y el recurso a la alteridad, al rechazo al distinto, al diferente, al extranjero, lemas y propuestas a las que están recurriendo los partidos de ultraderecha y otras tendencias populistas.


S.M. el Rey, Presidente de honor de la Fundación Academia
Europea e Iberoamericana de Yuste, en la lectura de su discurso.
      Y también han resonado las palabras que han destacado la importancia del camino como un medio esencial para el crecimiento personal, para el aprendizaje, para el desarrollo interior y el fortalecimiento de los valores humanos, que afortunadamente se ha impulsado en los últimos años entre los jóvenes europeos gracias a los intercambios y estancias educativas en otros países. Pero el viaje también está suponiendo un medio de promover los recursos patrimoniales de amplias regiones de Europa, una nueva forma de prosperidad a través de los nuevos itinerarios culturales y del turismo, que está suponiendo un nuevo escenario de acción para el desarrollo rural y combatir el despoblamiento. Con el "reto demográfico" como telón de fondo, se ha escuchado en la voz de dos chicas de trece años, alumnas del IES Jaranda, de Jarandilla de la Vera, un municipio cercano a Yuste, la importancia de los programas intergeneracionales para aprender y para crecer, para situar a jóvenes y mayores en un lugar protagonista en la sociedad, para caminar juntos en el presente, mirando al futuro con los ojos puestos en el pasado. Un alegato, una llamada de atención para que la sociedad europea camine hacia espacios verdaderamente intergeneracionales, hacia espacios, centros, comunidades que realmente promuevan la interacción, el aprendizaje, las experiencias conjuntas entre niños, adolescentes y jóvenes con adultos mayores. Una invitación para que Europa sea una realidad basada en la justicia, la igualdad y la solidaridad.


      Ines y Paula, que cursan 2º de ESO en el IES Jaranda, de Jarandilla de la Vera, se educan a través de metodologías activas, por medio del aprendizaje por proyectos orientados al servicio a la comunidad. Una pedagogía que entiende que la formación no va orientada exclusivamente a la adquisición de conocimientos -el saber-, sino al ejercicio y desarrollo de procesos y competencias -el saber hacer-, contextualizando los aprendizajes en el entorno, dándoles utilidad y funcionalidad en la sociedad de hoy. Un modo de aprender que considera de especial importancia el que los alumnos desarrollen sus habilidades sociales y relacionales, su propia formación integral, destacando la importancia de la competencia emocional -el saber ser-. Pero además, los proyectos que llevan a cabo y los productos que elaboran están orientados hacia el el ejercicio de una ciudadanía activa, a través de la puesta en acción de valores sociales y principios universales y constitucionales, dándoles concreción en actuaciones dirigidas hacia colectivos que precisan de ayuda o atención y hacia problemas y retos que demandan concienciación, sensibilización o denuncia. Y todo ello en escenarios intergeneracionales, trabajando conjuntamente con nuestras alumnas mayores que vienen al Instituto tres veces por semana, a aprender junto a los adolescentes en un mismo aula -el Aula Abierta-, en equipo, a través de un aprendizaje cooperativo intergeneracional. Justo, en este curso, han llevado a cabo un proyecto que tiene una íntima conexión con el galardonado por el Premio Europeo Carlos V. Se ha titulado "El viaje a todas partes" y tenía como objetivo el promocionar ocho rutas culturales relacionadas con nuestro entorno y nuestra región. Un proyecto que se presentó en el stand del SEPAD en la "Feria de los Mayores" de 2019, que se celebró en el mes de marzo en IFEBA, con la presencia de nuestros alumnos y nuestras mayores. Una buena parte de los objetivos de este proyecto coinciden, precisamente, con los que recoge el programa de los Itinerarios Culturales del Consejo de Europa y son los que le han dado sentido y realidad. De ahí que con este reconocimiento, nos sintamos también premiados nosotros, como debería sentirse todo aquel que comprometido con este viaje, por el espacio y el tiempo, que nos lleva a una sociedad para/entre/con todas las edades.


Intervención de Paula e Inés en el acto de entrega del Premio 
Carlos V. Emitido por Canal Extremadura.
El Presidente de la Junta de Extremadura, Guillermo Fernández Vara, con alumnos del IES Jaranda y el profesor Ignacio Chato
El Presidente de la Junta de Extremadura, Guillermo Fernández Vara, con Inés y Paula
La Consejera de Educación y Empleo, Esther Gutiérrez Morán, con los alumnos del IES Jaranda y el profesor Ignacio Chato.
El Rector de la Universidad de Extremadura, Antonio Hidalgo, con su equipo y los alumnos del IES Jaranda.
Marcelino Oreja Aguirre -Premio Europeo Carlos V 2017- con los alumnos del IES Jaranda
Inés y Paula entrevistadas en Canal Extremadura Radio.

domingo, 5 de mayo de 2019

29 de abril. Día Escolar Europeo de la Solidaridad Intergeneracional y la Convivencia con los Mayores.

29 de abril. Una fecha a señalar 

en los calendarios escolares de toda Europa.

Las conmemoraciones y celebraciones son útiles procedimientos para destacar, llamar la atención y tomar conciencia de situaciones y propuestas que nuestras sociedades deben afrontar y abordar. 

Celebración del Día Escolar de la Solidaridad Intergeneracional y Convivencia con los mayores en el IES Jaranda.
     Este año se cumple el décimo aniversario del establecimiento por parte de la Unión Europeo de la fecha del 29 de abril como el Día Europeo de la Solidaridad entre las Generaciones. Fue a raíz de la Conferencia de Brdo de 28 y 29 de abril de 2008, bajo la presidencia de Esolovenia, cuando el concepto "intergeneracional" tomó carta de naturaleza como principio fundamental para la cohesión social y para afrontar los retos que ya se planteaban en torno al envejecimiento demográfico. A partir de entonces dio inicio un programa de difusión y promoción que, aunque lento, ha ido avanzando en torno a la "plataforma AGE"de de la Unión Europea.

Celebraciones pedagógicas en Extremadura.
    Las conmemoraciones, declaraciones o eventos suelen trasladarse al ámbito educativo a través de las conocidas como "celebraciones pedagógicas". Muchas de ellas han surgido como eco de las propuestas de "Días Internacionales" de las Naciones Unidas o del calendario de conmemoraciones que celebra la Unión Europea. Así ocurre con el 17 de octubre, Día Internacional para la erradicación de la pobreza, convertido en Día escolar de la Solidaridad con el Tercer Mundo; con el 20 de noviembre, Día Universal del Niño, que es nuestro Día escolar de los Derechos de la Infancia; el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, o  Día escolar de la Educación Intercultural y contra la Discriminación. Y así con otras fechas como el Día Mundial del Agua (22 de marzo), el Día Mundial de la Salud (7 de abril), el Día de Europa (9 de mayo) o el Día Mundial del Medio Ambiente (5 de junio). A ellos se suman la conmemoración de la fecha de la muerte de Mahatma Gandhi (30 de enero), convertido por UNICEF en el Día de la Paz; el Día Internacional del Libro (23 de abril), patrocinado por la UNESCO por coincidir supuestamente con la fecha del nacimiento de Cervantes y de Shakespeare, o el Día Europeo de las Lenguas (26 de septiembre), establecido por el Consejo de Europa. Todos estos días se han convertido en celebraciones pedagógicas en la Comunidad Autónoma de Extremadura. No existe un criterio común por parte de las administraciones educativas en el ámbito nacional en cuanto a estas celebraciones en el ámbito escolar. De hecho, cada consejería al cargo de las competencias en educación de su respectiva comunidad autónoma, determina cuáles son las fechas que deben destacarse y servir de sensibilización o de toma de conciencia en torno a un tema de especial significación o valor en su contexto regional. Queda claro que muchas de ellas coinciden -no puede ser de otra manera en un entorno globalizado-, pero hay otras que se adaptan bien a las intenciones y compromisos de cada comunidad,bien a su propia idiosincrasia. Así ocurre, por ejemplo en nuestra región con el 10 de junio, Día escolar de la Cultura Hispano-Lusa, recogiendo la celebración del Día de Portugal, de Camões y de las Comunidades Portuguesas, fecha del fallecimiento del poeta luso, que refleja la especial vocación transfronteriza de Extremadura y su proyección hacia el país vecino y la promoción de la histórica interrelación rayana.

      En Extremadura, Educación incluyó en el curso 2015/2016 la fecha del 29 de abril en el calendario, como Día Escolar Europeo de la Solidaridad y Convivencia con los Mayores para establecer un diálogo intergeneracional de convivencia entre jóvenes y personas mayores que favorezca la comprensión mutua, la colaboración y potencie el valor de los mayores como sujetos activos. Se trató de una propuesta que elevó el IES Jaranda, de Jarandilla de la Vera, que desde la Junta se consideró pertinente y necesaria, convirtiéndose desde entonces en una fecha más de celebración pedagógica para los centros educativos. Con este paso, Extremadura se ha convertido en la primera Comunidad Autónoma en establecer un día específico en el ámbito escolar para que la comunidad educativa tome en consideración las relaciones entre los niños, adolescentes y jóvenes con las personas mayores y la necesidad de promover la solidaridad intergeneracional. Es verdad que una marca en el calendario no es un resultado en sí mismo si no viene acompañada de acciones y actividades que le den valor y pongan vida y voz a ese día señalado. Pero al menos da visibilidad a un tema de especial interés y atención en el contexto social europeo, que exige, cada vez con mayor intensidad y urgencia, el que se tome en consideración y derive en la toma de posturas en distintos ámbitos y, de manera especial, en el educativo.

      Desgraciadamente, la mayor parte de los calendarios escolares siguen sin señalar un solo día dedicado a tratar el tema de la solidaridad intergeneracional. Ojalá fuera signo y expresión de que no resultara necesario el prestar atención a una realidad que es ya uno de los principales problemas de las sociedades occidentales. Pero nos tememos que no hay ninguna comunidad española, ninguna región europea, que no tenga que afrontar desde nuevas perspectivas y dimensiones cuestiones como la de la atención a la dependencia y la promoción de la autonomía de los adultos mayores, los prejuicios asociados a la edad, el aprendizaje permanente y a lo largo de toda la vida, la segregación etaria, la soledad. Temas que obligan ya en el presente y, mucho más en un horizonte más próximo que lejano, a adoptar líneas de acción desde el paradigma intergeneracional. La mayor parte de los países europeos, como España, y de las comunidades autónomas han integrado ya como un área preferente en sus estrategias de acción lo que vienen a denominar como el "reto demográfico". Y aunque es cierto que el ámbito intergeneracional antecede y supera cualquier cuestión planteada en simples perspectivas demográficas, se trata de una ocasión más que oportuna para llamar la atención de una realidad que debe dejar de pasar desapercibida. Hora es ya de que se empiecen a tomar medidas desde las distintas administraciones -y en especial de las educativas- para atender una de las necesidades más acuciantes de la ciudadanía de hoy. Y para ir tomando medidas en una agenda que no permite más dilación, qué mejor que poner esta fecha en el calendario.

"La Gaceta Extremeña de la Educación" dando noticia de la celebración del 29 de abril.