sábado, 25 de julio de 2020

Lo intergeneracional en cuarentena II


Lo intergeneracional en cuarentena II


Cuando a mediados del mes de febrero decidimos suspender temporalmente los programas intergeneracionales que llevamos a cabo, nadie sospechaba que la situación iba a alcanzar las proporciones que después ha tomado. Es más, al principio llegamos a considerar que a lo mejor estábamos tomando excesivas precauciones y que estábamos pecando de cierto alarmismo. Desgraciadamente, la evolución de los acontecimientos ha confirmado que hicimos bien en suspenderlos. Desde entonces, como ya vinimos a denunciar en otra entrada, lo intergeneracional entraba en cuarentena. Pero el tiempo se va prolongando y llevamos ya cuatro de cuarenta, un período muy amplio, sobre todo cuando se plantea en ciertos tramos de edad en los que poco tiempo ya resulta demasiado. Y lo peor es que no vemos una fecha cercana ni cierta que nos anuncie un fin próximo a todo esto.

Hemos de prepararnos para una larga etapa en la que gran parte de las iniciativas y programas intergeneracionales van a resultar, en algunos casos, imposibles de realizarse de manera presencial y, en otros, con serias dificultades e importantes limitaciones. Las restricciones legales en cuanto al acceso, las posibilidades de visita y las medidas de prevención en el uso de espacios compartidos van a impedir el llevar a cabo acciones en residencias y centros de mayores. Hemos de tener en cuenta que son precisamente las personas mayores que habitan estos espacios los grupos que más necesidades demandan desde el punto de vista relacional y emocional y que ofrecen, además, un mayor escenario de posibilidades para el desarrollo de acciones en el contexto intergeneracional. Son estos centros, por el tipo de usuarios y las dificultades añadidas que presentan en cuanto a grado de dependencia y alfabetización digital, los que más dificultades muestran para sustituir las actividades presenciales por otros formatos virtuales o que impliquen un distanciamiento físico. Pero esta cuarentena no solo afecta a estos lugares especialmente vulnerables, sino que se proyecta a cualquier escenario de convivencia o interacción de personas de edades distintas, desde el propio ámbito familiar, en el que se mantienen ciertas reservas y precauciones incluso al contacto directo entre los abuelos y sus propios nietos, a cualquier otro espacio público o privado, siempre y cuando se genere la posibilidad de contacto físico entre personas mayores, la infancia y la juventud. Los espacios intergeneracionales se van a mantener bajo estricta cuarentena.

El distanciamiento físico plantea una serie de dificultades añadidas al contexto intergeneracional. Aunque se pueda contemplar como un reto el considerar los distintos modos en los que pueden desarrollarse iniciativas a distancia, manteniendo las medidas de seguridad establecidas y, sobre todo, las que se puedan realizar de una manera virtual, hemos de ser conscientes de que el escenario intergeneracional presenta una serie de condicionantes. Ya no solo por el grado de acceso y uso de lo digital en determinadas franjas etarias, especialmente en ciertos contextos socioculturales, sino por la propia naturaleza que tiene este tipo de programas en cuanto a su sentido y significado. Aunque esto requiere de un proceso de reflexión y discusión más extenso y detallado, habría que plantearse si lo intergeneracional puede llevarse a cabo sin un constante contacto presencial. Puede haber distintos modos de entender las relaciones entre generaciones, incluso niveles de acción que vayan de lo más profundo a lo más superficial, pero desde una perspectiva que apunte a sus verdaderas expectativas y pretensiones, sin convivencia e interacción física lo intergeneracional queda tremendamente devaluado.

Es necesario tomar conciencia de este elemento consustancial a lo intergeneracional, para no perder de vista cuál debe ser nuestro objetivo e identificar como medidas paliativas y complementarias las que consigan llevarse a cabo de manera virtual o puedan acoplarse a través del distanciamiento físico. Pero sin olvidar que son sucedáneos, líneas de acción abordadas por las circunstancias, coyunturales y sin voluntad de sustituir lo presencial. No quiere esto decir que no puedan o deban desarrollarse estrategias de atención, cuidado y acompañamiento a través de medios y procedimientos virtuales y digitales, pero estas no deben tomarse en ningún caso como medios o recursos alternativos ni sustitutivos. Cuestión importante a la hora de valorar la tele-asistencia o la robotización de los cuidados, vistas como soluciones y alternativas a la atención de personas mayores y remedio de situaciones de soledad, porque permite situar sus límites y la necesidad de complementar estas medidas con iniciativas que generen contactos físicos con personas, a ser posible de otras edades.

Durante tres meses, de marzo a junio, algo más del tiempo que ha durado el estado de alarma, un grupo amplio de alumnos del Instituto, de 2º y 3º de ESO, al que se han sumado otras personas voluntarias, ha desarrollado un programa de acción a distancia que hemos titulado "Cuéntame". Un plan que ha contado con el apoyo del Ayuntamiento de nuestra localidad, Jarandilla de la Vera, para identificar a los mayores a quienes más podía afectar el confinamiento en su situación personal y provocar en ellos una mayor situación de soledad o de aislamiento. En este municipio, que apenas alcanza los 3000 habitantes, hemos trabajado con 45 personas que, por distintos motivos, consideramos adecuado actuar. Diariamente, adolescentes de entre 13 y 15 años, en sesiones de duración flexible, dependiendo de las necesidades y, sobre todo, de las características de los comunicantes, llamaban a su persona de referencia y entablaban con ella una conversación. Además de interesarse por su estado anímico y su salud, trataban cada día de un tema común que proponíamos, que ha servido de hilo argumental, de telón de fondo sobre el que han escrito un rico y sorprendente diario de abordo repleto de experiencias y vivencias biográficas que recorre casi un siglo de nuestra historia reciente. Sirva este ejemplo para mostrar cómo este tipo de iniciativas que, sin duda, han cubierto una necesidad y que ha beneficiado tanto a los mayores como a los jóvenes que han participado, son esencialmente circunstanciales en cuanto a los objetivos y cometidos que las han motivado, pero no pueden reemplazar, ni se pretendía con esta en concreto, la verdadera naturaleza de los encuentros físicos y el contacto directo que define lo intergeneracional. De hecho, la mayor parte del alumnado involucrado ya estaba participando con anterioridad en otros programas inter-etarios y ha notado -y ha hecho notar- justo estas carencias que resultan definitorias e insustituibles.

La duración de esta c
uarentena va a ser mayor de lo que todos preveíamos en un principio, lo que implica un replanteamiento de la situación y de los horizontes hacia los que encaminarnos. No solo la prolongación de la situación de riesgo de la pandemia, que puede prorrogarse durante meses e incluso más de un año, debe preocuparnos, sino fundamentalmente los efectos que va a provocar en el ámbito intergeneracional este largo e intenso paréntesis. El asumir colectivamente los riesgos que plantea cualquier escenario de convivencia entre personas de distintas edades y el integrar una cultura de la prevención, cuando no del miedo, puede conducir a prescindir de este tipo de iniciativas y programas. Las instituciones, entidades y empresas dedicadas a la atención y cuidado de los mayores, además de los profesionales que directamente trabajan con ellos, van a evitar situaciones de riesgo añadidas, considerando como secundarias y no necesarias las acciones intergeneracionales que venían desarrollando o que les vayan a proponer. Si se limitan los contactos con los familiares directos y se restringen las entradas y las salidas, ¿cómo van a considerarse siquiera como pérdida o carencia la falta de este tipo de programas? Todo el camino avanzado en los últimos años en la extensión de iniciativas y proyectos, una coyuntura marcada por la eclosión de lo intergeneracional, puede verse lamentablemente afectado, retrocediendo una trayectoria que va a resultar muy difícil de restablecer. Puede incluso que, desgraciadamente, ayude a fortalecer las dinámicas e inercias ya integradas en nuestros comportamientos sociales y culturales que han conducido justo a la segregación espacial y al distanciamiento etario, neutralizando las acciones que las entidades y organizaciones promotoras de lo intergeneracional han venido desarrollando desde hace décadas. Las propias personas mayores están interiorizando esa cultura recelosa y precavida, renunciando a los espacios de convivencia que, por su propia seguridad, van a evitar aunque les reste oportunidades para su bienestar. Ante este panorama de retroceso, se hace necesario reforzar el discurso de la libertad de acción en las personas mayores, de defensa de sus derechos e incluso de su dignidad personal, no permitiendo que se instale en ellos la cultura del miedo ni que permitan una merma de su capacidad de decisión ni en el disfrute de una mínima calidad de vida. Las consecuencias indirectas que a corto y medio plazo van a provocar las medidas de distanciamiento físico van a ser un índice por el que medir la incidencia que han tenido sobre todo para la población mayor. En esta ocasión, desgraciadamente, tanto la enfermedad como el remedio van a valorarse en el mismo grado y con la misma medida.

Es necesario tomar una postura decidida y comprometida en defensa de lo intergeneracional que, por un lado, alerte ante esas actitudes de exceso de prevención, vigilando las medidas que puedan establecerse que reduzcan o limiten los espacios de encuentro intergeneracional y, por otro, que rebaje los recelos, temores y miedos ante el contacto y convivencia de las personas mayores con la población infantil y juvenil. La situación no va a ser nada fácil, porque somos muy pocos los que estamos empeñados en la necesidad de desarrollar lo intergeneracional y la corriente que viene de atrás, la que ha mantenido la separación de espacios y reduce el contacto entre generaciones, sigue fluyendo ahora con más intensidad, reforzada con el amparo de las medidas de prevención y de seguridad sanitaria. Y en esta línea de acción hemos de considerar las relaciones intergeneracionales no solo desde el punto de vista de su conveniencia para la mejora de la calidad de vida y del bienestar personal de los participantes, sino como un derecho inalienable, tanto individual como colectivo. Una responsabilidad social que deben asumir las administraciones públicas y adoptar como principio rector de las políticas y servicios que llevan a cabo. Aquí es donde cobran un especial sentido las campañas que deben diseñarse y ejecutarse dirigidas a distintos ámbitos: al político, para que tome conciencia del sentido social de lo intergeneracional y los múltiples horizontes que se abren en torno a este paradigma; al profesional, para sensibilizar sobre su importancia en la mejora y desarrollo integral de todos los que participan en programas intergeneracionales, facilitándoles el asesoramiento y apoyando iniciativas y propuestas de desarrollo que puedan demandar que venzan los recelos e inercias; al familiar, atenuando los excesos de prevención y promoviendo la participación e implicación en estos programas para la realización personal de los mayores, de la infancia y la juventud; al del tejido asociativo, a través de la difusión y la creación de redes de entidades, organismos y grupos de acción para avanzar en la perspectiva social y comunitaria de lo intergeneracional; y al de la opinión pública, para contrarrestar el impacto negativo que la pandemia y la alerta sanitaria está teniendo en los espacios de contacto inter-etario y promover una cultura a favor de la intergeneracionalidad.

Además de este horizonte de acción orientado a la denuncia, la difusión, la sensibilización, la promoción de redes, el asesoramiento y la intervención ante entidades políticas y administrativas, hay otros ejes que deberíamos abordar. Los nuevos modelos de convivencia constituye uno de los temas centrales que deberíamos abordar, aprovechando la coyuntura y el cuestionamiento de las actuales estructuras de atención y cuidado a las personas mayores y de los servicios que prestan las distintas administraciones. En este terreno deberíamos ser capaces de introducir lo intergeneracional como una dimensión a tener en cuenta en los estudios y propuestas que se están elaborando y participar y dar nuestro apoyo en las iniciativas que se vayan desarrollando. Un segundo campo es el de la educación intergeneracional, en el que tenemos que avanzar en una segunda velocidad, articulando una estrategia de acción capaz de influir en las administraciones educativas. Una estrategia que recoja las experiencias que se están realizando en distintos niveles educativos, desde la infancia hasta la universidad, y que desemboque en una propuesta estructurada. Urge la inclusión de la "gerontagogía" como área específica en la formación de distintos grados universitarios y su incorporación en los planes de estudio, no solo en los estudios de terapia ocupacional o de trabajo social, sino también en el ámbito de la pedagogía y de la formación del profesorado, avistando que los escenarios educativos se abren al mundo de los mayores y, además, en contextos compartidos con otros usuarios. Y por último, pero posiblemente resulte lo más urgente y necesario, un replanteamiento de lo intergeneracional, desde un punto de vista no solo filosófico en cuanto a su significado, sino también -y fundamentalmente- desde la perspectiva de la acción, del diseño y ejecución de los programas que se llevan a cabo. Estamos en un momento en el que convendría replantearnos muchos de los presupuestos en los que hemos basado nuestras intervenciones e incluso darles la vuelta, generando nuevos enfoques a las intenciones y acciones intergeneracionales.

Sí, lo intergeneracional está en cuarentena, pero solo debe guardarse lo estrictamente necesario y respondiendo exclusivamente a criterios sanitarios. El distanciamiento físico que ha venido a implantarse, por otra parte, no debe implicar en ningún caso distanciamiento social, buscando alternativas en el mientras tanto para mitigar el aislamiento y la soledad de las personas mayores, así como satisfacer las necesidades y demandas relacionales y emocionales de este colectivo y también las de la infancia y de la juventud. No hay que perder de vista que los programas intergeneracionales no solo benefician a todos los que participan en ellos, sino que ofrecen escenarios de aprendizaje y desarrollo personal difícilmente reemplazables. Y lo más importante, no debemos olvidar que estar en cuarentena es solo un paréntesis que se abre y se cierra, permitiendo restablecer, terminado el motivo que la genera, las líneas y trayectorias que venían desarrollándose. No podemos permitir, en ningún caso, que suponga un cuestionamiento de los principios y fundamentos que sustentan lo intergeneracional ni que esa nueva percepción recelosa y prevenida pueda instalarse más allá de lo que sea estrictamente necesario. Las relaciones entre personas de distintas edades, basadas en la solidaridad, el apoyo, la cooperación y la ayuda mutua siguen constituyendo uno de los pilares sobre los que se asienta no solo la sociedad del bienestar que hemos disfrutado en el presente, sino sobre la que debe construirse cualquier proyecto de sociedad cara al futuro.

domingo, 31 de mayo de 2020

La nueva anormalidad




      Desde que empezó a difundirse la expresión “nueva normalidad” no sé cómo no se ha instalado en la opinión pública un alto grado de intranquilidad. No tanto por lo que puede suponer la prolongación de las medidas preventivas que haya que seguir adoptando, que somos conscientes van para largo, sino por el propio sentido y significado de este término. Un oxímoron de un calado mayor del que, a simple vista, pueda parecer. Considerar como normal algo que resulta no solo extraordinario, sino completamente antinatural, supone una grave amenaza a la esencia de nuestro modo de ser y de estar como sociedad y comunidad. Implica una profunda alteración de las bases que conforman nuestra forma de vivir, de comunicarnos y de relacionarnos, transformando completamente el modo de comportarnos. Una situación de excepción, aunque resulte dura y exija trastocar nuestra vida cotidiana, restringiendo movimientos y actividades, es perfectamente aceptable. Pero debemos estar alerta y prevenidos ante toda visión o planteamiento que pueda considerar esa situación como normal y pretenda anticipar una realidad que pueda resultarnos asumible. No podemos aceptar como permanente algo que es -y debe ser- estrictamente transitorio. Hemos de rechazar y evitar que circule como mensaje recurrente en los medios de comunicación y en las conversaciones habituales cualquier expresión del tipo “esto ha venido para quedarse”.

      Está bien el reconocer la enorme capacidad de adaptación que hemos mostrado en distintos ámbitos de la vida privada y pública, personal y profesional, durante la crisis del coronavirus que todavía estamos viviendo. En muy poco espacio de tiempo hemos sido tremendamente dúctiles y flexibles para reorientar nuestra actividad y acomodarla a las nuevas condiciones de distanciamiento físico y de comunicación telemática. En múltiples sectores como la sanidad, la atención social, la educación, la gestión y la administración, el comercio y cualquier otro ámbito de los servicios y aun de buena parte de otros procesos productivos, hemos conseguido incorporar el teletrabajo y el servicio on-line en áreas y facetas que acostumbrábamos a llevar a cabo a través de la presencia física y en contacto directo con el usuario o el cliente. Pero hemos de tener mucho cuidado a la hora de valorar los logros y resultados conseguidos en este rápido e intenso proceso, poniendo el foco de la atención más en lo que se ha perdido que en lo que se ha podido paliar. Hay que evitar toda tentación de convertir la virtud en vicio y resistirnos a considerar normal lo que debemos identificar -antes, ahora y después- como algo completamente anormal.

      Debemos temer y estar prevenidos ante toda visión que, sin adquirir un tono apocalíptico, muestra una realidad post-crisis completamente diferente a la realidad que la ha precedido, que se traslada claramente con la expresión que tantas veces oímos repetir de “esto es un antes y un después”. No podemos permitirnos el naturalizar situaciones que, por vivirlas ahora de manera cotidiana, son modos de convivencia completamente ajenos a nuestras pautas de conducta. El mantener las distancias entre nosotros, alejarse de la persona que tienes a tu lado y mostrar desconfianza y separarte cuando te cruzas con alguien en tu camino son comportamientos indudablemente asociales. Como es contrario a toda situación comunicativa el hablar a alguien sin ver su reacción a no ser por la expresión de los ojos, porque las facciones de la cara están cubiertas por una mascarilla que te impide ver lo que percibe y siente al oír lo que tú dices. O cómo escuchar a alguien sin ver su boca, que es justo a donde uno mira para entender realmente lo que de ahí sale. Cómo poder evitar el tocarnos, los mil y un gestos que de manera instintiva, inconsciente y natural surgen en nuestros contactos habituales con las personas que diariamente nos encontramos y con los que compartimos actividad, espacio y tiempo. No podemos prescindir de ese espacio afectivo en el que nos envolvemos continuamente y que es justo lo que nos genera el escenario humano que nos permite vivir. El distanciamiento físico impide realizar adecuada y dignamente nuestra vida diaria, deshumaniza las relaciones sociales y genera aislamiento, soledad e insatisfacción personal. Pero a nivel profesional imposibilita desarrollar un mínimo servicio de calidad, a veces incluso hasta el propio servicio, por mucho que tratemos de desmitificar la presencia, el contacto y la convivencia y hagamos un elogio de lo virtual, que en ciertos ámbitos no ha tenido sino un mero sentido paliativo.

      Nuestra naturaleza adaptativa hace que integremos con facilidad hábitos y costumbres en nuestras vidas, sobre todo cuando se asocian a una acción necesaria o a una imposición difícilmente discutible. Los comportamientos que adoptamos se convierten en nuevas rutinas que, por vividas e incluidas en nuestra actividad diaria y cotidiana, tendemos a normalizar. Más aún si estas conductas se asemejan a los patrones culturales de otras sociedades, que identificamos con la imagen de modernidad, que habían incorporado ya en sus modos de vida y de relación medidas de profilaxis y de distanciamiento, ya no solo físico, sino también social. Por eso tenemos que avivar la actitud de recelo ante ese vocablo de la “nueva normalidad”, que estamos asumiendo de manera tan acrítica, así como prevenirnos ante sus posibles derivaciones y consecuencias. Indudablemente muchas son las cosas que tienen que cambiar y que deben transformarse, retos y problemas de los que ya teníamos conciencia antes de la pandemia sanitaria y que, en algunos casos, la situación de crisis lejos de ayudar a afrontar va a distorsionar. Porque me temo que buena parte de las medidas que vengan a plantearse y a adoptarse desvirtúen la dimensión de las respuestas y reformas que precisan. Pienso en el ámbito de los cuidados y en el de los mayores, en el modo de plantear el reto demográfico y en la necesidad de apostar por nuevos modelos de convivencia y de atención comunitaria desde el nuevo paradigma intergeneracional, cuestionando radicalmente los servicios y espacios actualmente existentes. Pero también en la educación y en la necesidad de contemplar nuevas arquitecturas y espacios en los centros educativos, pero no en el corto plazo de las medidas de prevención ante el virus, sino en un nuevo modo de contemplar el aprendizaje desde las perspectivas pedagógicas que vienen marcadas ya en las actuales leyes educativas. En la escolarización de nuevos espacios -y no en este caso los hogares-, en la conexión y apertura de los centros hacia su entorno, en el servicio comunitario al que deben orientarse los aprendizajes, en la presencia normalizada de los mayores en las aulas, convertidas en espacios intergeneracionales, y en las derivaciones metodológicas que todo esto conlleva.

      Hay que tener sumo cuidado con esa “normalidad” de la que nos hablan, porque por un lado no es nueva, es la misma que venía existiendo y es necesario que cambie, que se transforme. El estado de alarma, el tiempo que dure, así como las medidas que se adopten en previsión de rebrotes y nuevos contagios en el futuro, como también los planes que se diseñen para la “reconstrucción” posterior no pueden diluir ni difuminar la urgencia de determinadas reformas. Antes al contrario, debería justo servir para poner encima de la mesa la necesidad de afrontarlas y aprovechar esta situación de crisis para acometerlas. Y por otro porque se avista como normal una situación que no lo es. No hemos de perder la perspectiva ni el sentido común y dejar de ver que lo que a todas luces resulta extraordinario jamás puede convertirse en algo normal. No podemos perder de vista que lo excepcional es temporal y debe ser completamente reversible. Y esa debe ser además nuestra exigencia y cautela, el devolver la normalidad en el mismo momento en el que esta sea posible, desandando todo lo que se haya avanzado en esta situación de anormalidad.


viernes, 1 de mayo de 2020

Un día para sumar. 29 de abril 2020.

Un día para sumar. 29 de abril 2020

La intergeneracionalidad suma vidas

Campaña del Manifiesto La intergeneracionalidad suma vidas


      El 29 de abril es una fecha relativamente reciente en el calendario de las conmemoraciones. Este es su undécimo aniversario desde su creación por parte de la Comisión Europea, que le dio carta de naturaleza en la cumbre que la Unión Europea celebró durante los días 28 y 29 de abril de 2009, en la ciudad de Brno, bajo la presidencia de la Unión Europea de Eslovenia. De ahí el carácter aleatorio de este día, que no responde a ningún acontecimiento concreto que podamos relacionar con el contexto de las relaciones intergeneracionales ni de los mayores. Simplemente es el día en el que se aprobaron las resoluciones de aquel encuentro entre mandatarios europeos. En Extremadura se introdujo este día entre las celebraciones pedagógicas, por primera vez, en el curso 2016-2017, siendo la primera comunidad autónoma en señalarlo en el calendario escolar y, hasta la fecha, la única en dar constancia de su existencia. Es una de esas celebraciones que pasan desapercibidas y que no despiertan un especial interés social ni tampoco por parte de los medios de comunicación. Si tuviéramos que medir la importancia y el nivel de presencia real de lo intergeneracional en nuestras comunidades por la repercusión que tiene esta efeméride, la verdad es que la valoración resultaría muy desalentadora. No obstante, aunque las experiencias reales de iniciativas, programas y proyectos intergeneracionales van en aumento, algo que nos consta, no deja de ser significativo el que esta celebración siga pasando sin pena ni gloria. Todavía no ha logrado tomar asiento en las agendas de las administraciones, ni siquiera en el calendario de las entidades, organizaciones y asociaciones que trabajan tanto en el ámbito educativo como en el social, incluidas las que se dedican de manera especial a las personas mayores o al voluntariado juvenil. Un dejar pasar que debe destacarse y que nos obliga a recriminar, por la falta de interés en destacar una fecha que, antes que nada, debe servir de reivindicación. Una llamada de atención que nos lleve a señalar la falta de espacios de encuentro, de convivencia y de ineteracción entre personas de distinta edad. Y sobre todo a denunciar la exclusión de los mayores de los principales espacios de nuestras comunidades, de su falta de acceso a escenarios y servicios que les permitan una mayor participacion y protagonismo. Un día que no debemos dejar pasar para dar cuenta de la segregación espacial que sufren por motivo de la edad.

      Este año, el 29 de abril viene marcado, como no podría ser de otra manera, por la crisis provocada por la pandemia del coronavirus. Los efectos devastadores que ha tenido sobre la población de más edad, el eslabón más vulnerable en la cadena de transmisión del virus, han puesto de manifiesto las deficiencias que venimos arrastrando, no solo en cuanto a su atención en los centros residenciales, sino en lo que están suponiendo para las personas mayores las medidas de confinamiento, que han agravado su situación de aislamiento y de soledad. La propia gestión de la alerta, con unos sistemas sanitarios y asistenciales colapsados, han dejado al desnudo percepciones y principios tremendamente discriminatorios en lo que respecta a la edad. En este naufragio puede que ya no sirva, e incluso suene políticamente incorrecta, aquella vieja expresión de "las mujeres y los niños primero", pero ha quedado claro que, cuando nuestra sociedad hace aguas y nos vemos obligados a elegir, hay un grupo al que se le va a dejar el último. Aunque las autoridades hayan apelado a la solidaridad intergeneracional ante la ciudadanía para aceptar las duras condiciones decretadas ante esta emergencia, hay que consignar que se han puesto al descubierto las raíces edadistas -esos estereotipos y prejuicios negativos asociados a la edad- que se agarran en la base misma desde la que arrancan nuestras conductas. Está quedando impúdicamente a la vista que las personas mayores son, hoy por hoy, ciudadanas de segunda. Y aún hay más que temer, porque en el actual contexto de prevención frente al contagio se ha instalado en la conciencia colectiva un nuevo riesgo relacionado con el contacto social, especialmente el que tiene que ver con la infancia y la juventud y las personas mayores. Y aunque todos hemos de asumir que ante la pandemia es necesario tomar las medidas de distanciamiento físico que nos consignan, en ningún caso podemos permitir que esto suponga ningún tipo de distanciamiento social. Mientras se mantenga la alarma, hemos de procurar desarrollar estrategias y acciones que permitan intensificar los contactos de aquellas personas con mayor vulnerabilidad conectiva, para evitar un mayor aislamiento social. Además de combatir, desde ya, cualquier prevención que pueda instalarse en nuestras percepciones y comportamientos ante los escenarios de convivencia intergeneracional, una vez puedan reanudarse los contactos físicos.

      En situaciones de crisis como esta, tan extraordinaria como imprevista, se produce un extraño proceso de conciencia colectiva, una especie de catarsis, en el que se vienen a cuestionar dinámicas e inercias que, hasta este momento, parecían inalterables. Aunque tratamos de no reparar en ello e incluso esconderlo, todos somos conscientes de que los escenarios en los que enmarcamos los procesos de envejecimiento adolecen, en general, de un grave problema en su diseño y concepción. Su génesis y construcción carece justo de los elementos y espacios que deberían convertirlos realmente en humanos o, como se viene a decir ahora, amigables. Y ahora que estos defectos de origen salen a la luz, de la peor manera posible, mostrando las carencias en instalaciones, equipamientos y servicios, en el déficit de atención y cuidados, no alcanzamos a ver realmente cuál es la clave de la cuestión. Dejarnos llevar por esas imágenes, tristes y desagradables, es un grave error, porque identificamos el problema en la calidad de un servicio y en las medidas de inversión, mejora o inspección que habría que tomar para adecuarlo a unos determinados estándares. Pero ese no es, ni debe ser, el verdadero punto de atención ni el centro de nuestra acción. El asunto central se encuentra realmente en el modelo de convivencia que hemos ido creando y que mantenemos como si fuera el más adecuado, no sé si por ignorancia, por inconsciencia o por cinismo. Porque nuestro sistema de relaciones es un espacio de "sinvivencia", en el que precisamente los espacios de contacto, de relaciones y de interacción entre las distintas edades no existe. Nuestros espacios están marcados por la segregación etaria, lo que afecta no solo a los servicios públicos, basados en una especialización funcional difícil de justificar en la actualidad, sino a cualquier escenario en el que se desarrollan nuestras vidas. Y esto ocurre sea cual sea el tamaño del municipio, desde los idealizados pueblos de esa España rural que reivindica su pervivencia y el derecho a existir, hasta las principales ciudades del país, acuciadas por los múltiples problemas que conlleva el exceso de densidad demográfica y la "sobreurbanización". 



      Estas circunstancias son las que nos han llevado a un grupo de especialistas universitarios y profesionales del ámbito social y de la educación, relacionados con los estudios, programas y experiencias intergeneracionales, a dar un paso al frente y tomar la voz. En una coyuntura especial, en la que la sociedad, ahora sí, está demandando cambios sustanciales, que tienen que ver no solo con los cuidados socio-sanitarios, sino con las relaciones sociales, las interacciones dentro de nuestras comunidades y la participación individual y colectiva en la sociedad, se hace necesario introducir lo que hemos venido a denominar el "paradigma intergeneracional". Una perspectiva distinta de afrontar, con un nuevo modo de mirar y de actuar, los viejos problemas que venimos arrastrando desde hace ya décadas. Fruto de esta acción espontánea y coral ha resultado el Manifiesto que hemos redactado, titulado "Más intergeneracionalidad suma vidas", que pretende ser una llamada de atención a la opinión pública en general y, especialmente, a las administraciones públicas, de quienes va a depender el diseño de las estrategias políticas que se vengan a poner en juego. Un Manifiesto que trata de concitar a todas aquellas personas que se sienten identificadas e implicadas con lo intergeneracional y que comparten que las relaciones inter-etarias son consustanciales a nuestra condición de humanos. Que no se puede llegar a ser ni aprender a estar si no es con el concurso de todas las edades. Si tú eres una de ellas, por favor, únete y ayúdanos a sumar.


Accede al Manifiesto y al formulario de adhesión.

jueves, 9 de abril de 2020

Salir a flote


Salir a flote


      De manera habitual, la mayor parte de las cosas que ocurren suelen pasarnos desapercibidas. No me refiero a los grandes acontecimientos, a los eventos que se consideran importantes, sino a los sucesos del día a día, a esas cosas que rodean nuestro devenir cotidiano y que marcan la realidad en la que vivimos. Apenas tenemos noticia de lo que se produce a nuestro alrededor, del entorno más cercano e inmediato en el que nos movemos. La globalización ha conseguido que tengamos alcance, casi instantáneo, a lo que pasa en cualquier parte del mundo, pero precisamente esa escala global ha hecho que perdamos el contacto directo con lo local, con el espacio inmediato en el que transcurren nuestras vidas. Disponer de información en un instante al alcance de nuestros dedos, leer todo tipo de noticias a través de la tupida red digital que nos envuelve, ha transformado nuestra manera de mirar y el que recelemos de todo aquello que no se nos presente a través de una pantalla. La virtualidad, además, nos ha hecho prescindir de los contactos reales, generando cada vez más distancias con los que más cerca tenemos, eludiendo relaciones directas y personales. Un distanciamiento que, a consecuencia de la pandemia, corre el riesgo de convertirse en norma de uso en nuestras relaciones sociales.

      Hasta hace unas semanas, apenas nos habíamos dado cuenta de que a nuestro alrededor hay personas que, debido a su edad y a ciertos condicionantes que se asocian con ella, viven situaciones difíciles y afrontan graves problemas. Personas mayores que normalmente no vemos, porque las limitaciones en su movilidad y muchos otros impedimentos les hacen pasar gran parte del tiempo recluidas en sus casas. Que no nos encontramos porque los lugares a los que acuden, los sitios que frecuentan y sus itinerarios no coinciden con los nuestros, escenarios disociados que forman parte de una misma ciudad, de un mismo pueblo, que no logran juntarnos. Personas que acuden a centros de mayores, a hogares del pensionista, a clubes de jubilados cuando aún pueden ser autónomos y valerse por sí mismos y en sus casas, con ayudas a domicilio. Y también aquellas que pasan los últimos años de sus vidas, cuando ya no pueden cuidarse a sí mismas y no tienen más opción de estar atendidas en centros institucionalizados, en residencias en las que sus vecinos de cuarto y de pasillo son también mayores como ellas. Son sitios aislados, fuera de los principales flujos y vectores que recorren el resto de las edades. Espacios segregados, al margen de nuestras dinámicas y movimientos, de nuestros contactos y relaciones. En el paso de dos generaciones hemos ido alejando de nosotros el mundo de los mayores. Hemos convertido a los años que se cumplen en criterio principal para separar y disgregar una sociedad que, para mantener sus cualidades humanas, precisa de juntar y conectar a todas las edades. Posiblemente la mayor desigualdad que existe en los países más avanzados sea precisamente la que viene marcada por la edad.

      En la situación de crisis que estamos ahora viviendo, la desgracia está haciendo aflorar esos nichos de realidad que permanecían invisibles. Empezamos a identificar esos centros de día, hogares y clubes que comenzaron a clausurarse en los primeros momentos y nos preguntamos por primera vez qué iban a hacer ahora, a dónde irían para buscar la compañía y el contacto que solo encuentran en esos lugares exclusivos -no en su acepción de selecto- para mayores. Y vimos también a personas de edad llenando los servicios de urgencia de los hospitales, esperando resignados a ocupar una cama que ni siquiera han tenido asegurada. Nos hemos dado cuenta de las condiciones en las que se encuentran algunas -y eso ya es bastante- de las residencias que les hospedan, esas que no percibimos ni de lejos, porque el urbanismo ya se ha encargado de ubicarlas en las afueras. Pero sobre todo han sido los números, esos tremendos guarismos los que más han llegado a impactarnos. Cifras que van marcando, como el reloj las horas, ese calendario apocalíptico en el que deshojamos los días de nuestro confinamiento. Y de pronto han cobrado protagonismo tramos de edad que no acostumbran a estar en las tablas que manejamos: septuagenarios, octogenarios, nonagenarios… Cifras que nos siguen resultando lejanas, más allá del horizonte vital que somos capaces de percibir desde un presente que, siempre mirando atrás, se resiste admitir el sentido y la dirección que toma el tiempo.

      Las personas mayores se han convertido, por primera vez, en centro de interés informativo. Son las que se encuentran en la primera línea del frente y conforman el grueso de los caídos, en una contienda extraña en la que nos han atacado por la retaguardia. Y hemos visto la lucha desigual que están librando nuestros reservistas, carentes de armas, apenas sin trincheras, sin ser conscientes de que sus casas, los centros de día a los que acudían, las residencias que les cobijan son el campo de batalla. Pero aunque el virus sea de ahora, hay una guerra que viene de lejos. Las víctimas son las mismas, pero los responsables somos otros. El fragor de este combate va mostrando el desolador paisaje de la realidad que vive gran parte de nuestros mayores. Por debajo del brillo de la economía de plata se extiende una enorme capa gris, formada por jubilados y viudas con pensiones insuficientes, viviendas poco accesibles y sin apenas comodidades. Carencias de todo tipo y un difícil acceso a la atención que necesitan los que precisan de cuidados. Pero lo que está dejando ver, en su más cruda imagen, esta guerra sin cuartel es la situación de abandono y soledad en la que vive buena parte de nuestros ciudadanos. Esos con los que no nos cruzamos y a los que no vemos en nuestro día a día, a los que mantenemos en aislamiento forzoso incluso cuando estaban sanos. Esos que con el peso de la edad vamos sumergiendo en el olvido. Los que de forma callada, en silencio, sin siquiera pedir ayuda, tratan de salir a flote.



domingo, 5 de abril de 2020

Ética de excepción

Ética de excepción



      Siempre he tenido ciertos reparos ante las respuestas colectivas que se producen en relación a determinados eventos, como ocurre en las fechas de navidad, o al calor de un suceso especialmente dramático o excepcional. Son reacciones en masa que se retroalimentan en ese peculiar escenario, en el que nos sentimos movidos -no voy a decir obligados- a responder de una manera particularmente emotiva y a mostrar un grado de compromiso que no acostumbramos a tener en nuestro día a día. Sería cínico si dijera que se trata de respuestas impostadas o exageradas, efecto de la ocasión y de un contexto conmovedor, en el que confluyen un montón de condicionantes que nos llevan a actuar de una manera diferente a la habitual, empujados por una ola en la que nos dejamos llevar. La visión trivial que tiende a proyectarse y difundirse sobre las reacciones humanas en situaciones dramáticas o de profunda crisis, como las que estamos viviendo, en las que el gesto solidario se convierte en una imagen redundante y sobredimensionada, provoca unos efectos que pueden resultar contraproducentes. No hay duda de que las actitudes bienintencionadas de cooperación, ayuda y colaboración tienen un beneficio directo, tanto para sus destinatarios como para los que las llevan a cabo, pero su propio carácter puntual y condicionado al momento y a las connotaciones que le acompañan las convierten en espejismos de ayuda, de servicio efímero y de solidaridad acotada. Comportamientos evanescentes que tienden a diluirse hasta desaparecer cuando la situación se normaliza y volvemos a nuestras rutinas y hábitos, en los que deja de practicarse la ética de la excepción. Porque en el regreso a nuestro quehacer diario volvemos a dejar colgados esos valores y principios que, como si fueran una capa exterior, no sé si ropa de faena o un bonito traje de los domingos, nos ponemos y quitamos en función de la ocasión.


      En nuestro país no tenemos arraigada una cultura del voluntariado como tienen en otros países de nuestro entorno. Los datos son apabullantes cuando se compara nuestra actividad en entidades y organizaciones, sea cual sea su función o campo de acción -social, sanitaria, cultural, educativa, deportiva, ambiental, de ocio o religiosa-, con la que realizan en el resto de Europa. El porcentaje de personas voluntarias, que en 2018 alcanzaba al 6,2 por ciento de la población, se encuentra por debajo de la mitad de la media europea, un valor que aún se reduce más con respecto a la población juvenil (de 14 a 24 años). Estas cifras, que al venir de encuestas reflejan el ámbito formal y no formal de la acción solidaria, muestran una visión objetiva del compromiso efectivo, real y práctico que, hasta la fecha, teníamos en España. No resulta fácil explicar el porqué de este bajo nivel en la perspectiva social e implicada del ejercicio de la ciudadanía ni las contradicciones que suscitan estas explosiones repentinas de solidaridad. Cómo es posible que un comportamiento ciudadano tan escasamente comprometido con nuestro entorno habitual, en el que la disposición personal es tan renuente a participar en acciones de solidaridad y de servicio, de pronto expresa una actitud desbordante de colaboración, ayuda y reconocimiento. O al contrario, cómo una sociedad que refleja en una situación de crisis lo mejor de sí misma -como vienen a identificar los políticos y proyectan los medios de comunicación-, dando incontables muestras de apoyo y de compromiso social, se encuentre tan desmovilizada e inerte socialmente en situación normal.



      Por mucho que estemos viviendo una situación completamente anormal, extraña, excepcional, difícil de imaginar apenas hace unas semanas, me resultan completamente inaceptables las visiones apocalípticas que prevén un antes y un después de estos acontecimientos. Soy también muy escéptico en cuanto a lo que vengamos a aprender de esta experiencia y del grado de transformación individual y colectiva que pueda generar. Es más, temo que los efectos sociales, culturales y relacionales nos conduzcan en una dirección, si no contraria, sí poco orientada hacia los horizontes y derroteros que deberíamos tener marcados desde el punto de vista social, ético y cívico. Resulta difícil creer que los cambios en los comportamientos, sobre todo los que tienen que ver con valores positivos o virtudes ciudadanas, puedan venir a golpe de situaciones de alarma. Por mucho que seamos defensores de la bondad humana, me temo que cuando nos sacude la preocupación, el miedo y lo imprevisto se impone la mayor parte de las veces nuestra naturaleza más adaptativa. La ética o la ciudadanía no pueden ser jamás el resultado de una acción espontánea e improvisada, efecto de un momento o de una situación determinados, por muy impactantes que lleguen a ser, ni deberíamos pretender que lo fuera. Debe ser fruto del aprendizaje, producto de la educación. Efecto de un proceso largo y prolongado, consciente y motivado, que se desarrolla a través de su ejercicio en un tiempo y en un espacio concretos.



      Desde hace años defendemos que el ámbito escolar es el escenario principal en el que ejercitar precisamente la ética y la ciudadanía, considerando que constituyen los objetivos principales de nuestra acción educativa. Hemos pretendido situar a los verbos "ser" y "estar", que en algunos idiomas se confunden, en el eje central de los aprendizajes, por encima de otros que han dominado la preocupación y acción del profesorado, como el "hacer" o el "conocer". Subordinar el conocimiento, las destrezas y habilidades al aprender a ser y a estar sigue suponiendo para nuestro colectivo una propuesta temeraria y completamente irreverente contra los principios academicistas, credo mayoritario en nuestra profesión. Durante años llevamos desarrollando una acción que nos gusta denominar de apostolado, tratando de convertir a nuestros compañeros de oficio, haciéndoles ver cuáles son los verdaderos fines del aprendizaje -que por cierto, vienen marcados adecuadamente por la ley-, centrados en la formación integral del alumnado, mostrándoles cómo puede hacerse y el modo de llevarlo a cabo. Es verdad que nuestro discurso puede resultar inquietante, perturbador, de hecho es justo lo que nos proponemos, porque nuestro propósito no consiste solo en transformar radicalmente la práctica docente, sino en cambiar la forma de entender nuestra profesión y cuál es el papel que debe desempeñar el profesor con respecto a los aprendizajes y en relación con el alumnado. Y aunque reflejamos con experiencias, auténticas evidencias, los logros y resultados de nuestra acción educativa, son muchas las resistencias y las reticencias. Supone habitualmente más un acto de fe que una mirada objetiva y crítica, que es lo que buscamos, al quehacer diario de cada uno de nosotros, en donde resulta difícil encubrir nuestras miserias y limitaciones. Si no percibimos que el cambio constituye una verdadera necesidad, una exigencia individual y social al mismo tiempo, que debería venir obligada por nuestro compromiso personal y profesional, una cuestión ética al fin y al cabo, uno no es capaz de salir de su zona de confort. Nadie se inicia por una senda de transformación de estas características, que va más allá de meros cambios formales, de maquillajes metodológicos de apariencia innovadora, a no ser que sienta realmente esa llamada. Porque supone el cuestionarse a uno mismo, poner en duda una trayectoria más o menos dilatada en el tiempo, marcada por la continuidad y refrendada por nuestro bagaje laboral. Resulta muy duro desterrar prácticas consolidadas, el cambio de hábitos y de rutinas y entrar en un espacio en el que la incertidumbre y la vulnerabilidad nos abren nuevas dimensiones más allá de los muros de los colegios, de los institutos y de los centros universitarios.




      El estado de alarma puede servir de catalizador para afrontar problemas y centros de interés que precisan de respuestas, también de nuevas preguntas, aunque hemos de ser conscientes de que las propuestas y soluciones que vengan a formularse no van a ir todas, a lo mejor ni la mínima parte, en la dirección adecuada. Pero sí va a tener un efecto claramente disruptivo, que va a ayudarnos a debilitar ciertos cimientos solidificados por el tiempo y la inercia. La interrupción de las actividades escolares presenciales está suponiendo un replanteamiento general de nuestra actividad en el aula, justo ahora que no estamos en ella, y de los principios que entre sus paredes ponemos en juego. Y esto no tiene solo que ver con métodos y actividades, va más allá, está poniendo encima de la mesa lo que las últimas leyes educativas pusieron hace ya tiempo sobre el papel y que la sociedad, de una manera más o menos consciente, viene demandando. Tiene que ver con el fin y el valor del aprendizaje, no sólo sobre cómo debe realizarse, sino con qué intención y con qué objetivos. En una coyuntura en la que se está apelando a la responsabilidad social, a la solidaridad, al compromiso, a los valores éticos y al ejercicio de la ciudadanía, hemos de sentirnos interpelados por cuál es y ha sido el papel de los educadores, de las escuelas, de los centros educativos en la formación de nuestros ciudadanos. Porque de una manera u otra debemos responder al cuándo, dónde y con quién se aprenden esos valores, esas conductas que determinan nuestro ser y estar y que definen y dan identidad a una sociedad. Todos confiamos en que esta situación sea eso, excepcional, pero esperemos que esas buenas prácticas y bonitos gestos que se han prodigado estos días dejen de ser una excepción. 

lunes, 16 de marzo de 2020

Lo intergeneracional en cuarentena

Lo intergeneracional en cuarentena




     La crisis mundial generada por el coronavirus está provocando, además de los dramáticos efectos en el ámbito sanitario, económico y social, otros que afectan muy directamente al contexto social de las personas mayores. Como muchas otras cosas que no se conocen de la evolución de este virus, tampoco sabemos cómo acabará incidiendo en las relaciones intergeneracionales, un escenario que está siendo especialmente atacado por la pandemia. Hemos de reconocer que las personas de más edad, las que están sufriendo con mayor gravedad la infección y que están sujetas a mayor índice de mortandad, se han convertido en el principal foco de protección y prevención. Como colectivo especialmente vulnerable ante un posible contagio, hemos adoptado medidas excepcionales con el fin de evitar el que puedan enfermar, asumiendo colectivamente la responsabilidad de protegerlas, acatando las tremendas exigencias del estado de alarma que ha adoptado el gobierno español. El propio presidente, Pedro Sánchez, aludía en la rueda de prensa en la que anunciaba su declaración a la solidaridad intergeneracional, principio que guiaba, en gran medida, la adopción de esta medida extraordinaria.

     Desde el primer momento de la crisis del coronavirus, las decisiones tomadas han tenido como principal objetivo el preservar del contagio al colectivo de más edad, cerrando los centros de mayores, restringiendo las visitas a las residencias y limitando sus movimientos. Acciones todas ellas orientadas a reducir su contacto con los tramos de menor edad, con los adultos, pero sobre todo con los jóvenes y los niños, a los que se considera vectores peligrosos para la difusión del virus, por la levedad o ausencia de síntomas y la falta de medidas que suelen adoptar en cuestiones de higiene, hábitos y prevención. Una imagen de inconsciencia e irresponsabilidad que, desgraciadamente, se levanta con demasiada facilidad hacia los jóvenes, reforzando los prejuicios y estereotipos negativos que acostumbramos a asociar con la edad. Y es que de los “edadismos”, aunque resulten más dolorosos e hirientes cuando se dirigen hacia las personas mayores, tampoco se escapan las de menor edad.

      Hace ya un par de semanas, cuando empezamos a plantearnos si era adecuado o no el continuar con nuestras visitas a la residencia de mayores, antes de su prohibición e incluso de su recomendación, comencé a sentir cierta preocupación, no tanto por la decisión en sí, que resultaba clara y conveniente, sino por las consecuencias que generaba ya en el momento y, sobre todo, por las que podrían derivarse en el futuro. Nunca había podido imaginar que, ante cualquier situación de gravedad o de emergencia, fuera cual fuera su naturaleza, la principal medida que pudiera venir a adoptarse fuera, precisamente, el evitar los contactos con las personas mayores. Siendo nuestro principal objetivo el llamar la atención pública en relación a la segregación que sufre la población de más edad, el denunciar su aislamiento con respecto a otros tramos de edad, el dar aviso de la situación de soledad que sufren los mayores y poner en acción iniciativas que tiendan a evitar esa separación y a generar escenarios intergeneracionales, la decisión, aunque tenga un carácter temporal, de limitar, restringir y hasta eliminar el contacto entre generaciones ha supuesto un duro golpe contra nuestros fundamentos y principios. En el momento en el que estaba surgiendo una cierta conciencia social acerca de la realidad que engloba el llamado “reto demográfico”, en el que estamos siendo sensibles a las distintas variables que implica el envejecimiento de la población y avistamos la necesidad de incluir un nuevo paradigma -el intergeneracional- que permita orientar nuestro modelo de convivencia a una sociedad más humana a través de espacios inter-etarios, las medidas extraordinarias adoptadas golpean directamente al centro de gravedad de nuestro programa.

     Llevamos más de dos semanas sin acudir a la residencia ni con los adolescentes y jóvenes del instituto ni con los niños del centro de educación infantil y posiblemente pasen otras cuatro o no sé cuánto tiempo más hasta que podamos restablecer nuestras actividades conjuntas. Nuestras alumnas mayores del instituto del Aula Intergeneracional dejaron de venir unos días antes de que se decretase el cierre del centro escolar y ojalá que su vuelta al clase pueda llevarse a cabo a un ritmo similar al de sus compañeros más jóvenes. Tampoco el alumnado voluntario del centro que participa en “Operación Soledad” (OpS), acudiendo por las tardes a la residencia, reanudará hasta dentro de unas semanas, no sabemos cuántas, sus visitas y talleres. Y lo mismo que ocurre en nuestro entorno conocido está sucediendo en todo el país, en donde los mayores, por su seguridad, están sufriendo el doble aislamiento al que les conduce su edad, el grado de dependencia y, sobre todo, el confinamiento y la segregación que, antes del coronavirus, ya padecían, pero que la pandemia, sin duda, ha venido a agravar. En todo este tiempo, que es duro para todos por la restricción de movimientos y el tener que recluirnos en casa, no hemos de pasar por alto que el aislamiento y el nivel de soledad resulta aún más intenso y duro para las personas mayores. Y no pensemos que por el hecho de que estén ya acostumbradas, de una forma naturalmente obligada, a vivir con restricciones en su contexto de relaciones, ellas afrontan mejor esta situación de excepción.

     Me pongo a pensar qué estaría pasando si en la realidad de hoy y de ahora hubiéramos tenido más predicamiento y éxito en nuestras propuestas y estuviéramos adelantados en lo que constituyen nuestras metas y proyectos a medio y largo plazo. Qué habría sucedido si en las residencias de mayores, en vez de estar pobladas exclusivamente por personas de edad avanzada, los residentes convivieran, puerta con puerta, con jóvenes estudiantes. Y si estuvieran más extendidos los programas de convivencia intergeneracional en los hogares, que promueven la integración de chicas y chicos jóvenes en casas de personas mayores, ¿qué habría pasado con ellos? Las estructuras de viviendas que comienzan a diseñarse, integrando a población joven y mayor en un mismo espacio arquitectónico, promoviendo espacios comunes de encuentro e interacción, habrían provocado serios problemas a la hora de gestionar su uso y el contacto entre sus habitantes. Y si los centros de día y de mayores no estuvieran concebidos como tales y los espacios e instalaciones estuvieran integradas en centros escolares con niñas y niños de educación infantil y primaria. Y qué sería de esos barrios concebidos como espacios intergeneracionales que lo que pretenden es, precisamente, el encuentro directo y constante entre personas de edades tan distantes. Bien es cierto que el confinamiento y el cierre de todo espacio colectivo hubiera mitigado cualquier riesgo, pero se hubiera incrementado la sensación de peligro y la necesidad de adoptar medidas añadidas para reducir el contacto social con los mayores. Y lo que aún me preocupa mucho más, que pensando en prevenir situaciones como estas en el futuro, creamos que lo más conveniente es el separar aún más a los mayores de niños y jóvenes, estimando que es lo mejor para alejarlos del peligro, cuestionando así la conveniencia de promover los contextos intergeneracionales. Estos planteamientos bienintencionados son los que han ido generando, al ritmo de la consolidación de nuestro estado de bienestar, servicios y espacios públicos segregados por el criterio de la edad. Ahora que estamos cuestionando este modelo de atención y convivencia, hemos de evitar que lo intergeneracional se ponga en cuarentena.

     Todos confiamos en que este virus, como otros que le han precedido, dejará de ser un serio problema en el medio plazo. O bien acabará aislado, derrotado y sin posibilidad de reproducción, o bien habremos descubierto una vacuna que nos prevenga en su regreso. Pero este virus ha inoculado, entre su malvado material genético, un nuevo y desconocido mal en nuestro entorno social y comunitario. La especial vulnerabilidad de las personas mayores ha generado una lógica y bienintencionada respuesta colectiva orientada a su protección, adoptándose medidas tendentes a reducir los espacios de encuentro y de interacción con los mayores, especialmente los que tengan que ver con niños, adolescentes y jóvenes. Las medidas de confinamiento, generalizadas a toda la ciudadanía, están resultando especialmente severas y lesivas para las personas de más edad. Pero hemos de precavernos de que esta prevención inter-etaria no se prolongue más de lo que dure la fase de contagio. No podemos permitir que el efecto más nocivo de este virus actúe precisamente sobre las relaciones intergeneracionales y nos lleve a recelar de las medidas, programas y acciones que pretenden el promover los escenarios de encuentro, convivencia e interacción entre las personas de distintas edades, especialmente los que unen a la infancia y la juventud con las personas mayores. No sabemos si el coronavirus o cualquier otro agente vírico que pueda presentarse en el futuro tendrá un comportamiento tan discriminatorio con respecto a la edad, pero hemos de plantear nuevas acciones de resistencia y lucha contra la enfermedad que no vuelvan a implicar medidas que contengan un mayor aislamiento de nuestros mayores. 

miércoles, 3 de julio de 2019

Educación Intergeneracional


Educación Intergeneracional: 

una vía para la transformación social.


Fotografías del Aula Intergeneracional del IES "Jaranda", de Jarandilla de la Vera, en la que alumnos de 1º y 2º de ESO llevan a cabo proyectos conjuntos con las alumnas mayores del Instituto, que acuden tres días por semana durante dos horas.

Hablar de educación intergeneracional no resulta fácil, fundamentalmente porque supone dar por sentados unos principios que, a día de hoy, no son admitidos, ni siquiera admisibles, para la mayor parte los agentes implicados. Y eso que, en apariencia, se trata de un concepto bienintencionado, obvio y cargado de evidencia, al menos en una de sus direcciones, ¿no aprendemos, desde niños, de personas que son mayores que nosotros? Pero esta cuestión, incluso, tiene sus límites y matices, más aún en la sociedad de la información en la que vivimos, en la que cierta edad se asocia a un grado de obsolescencia de la que resulta imposible escaparse. ¿Qué puede aportar de útil y necesario alguien que se encuentra desvinculado de las nuevas tecnologías y fuera del flujo de las redes de información? La misma pregunta podríamos hacerla en sentido inverso: ¿puede aprender algo que realmente merezca la pena una persona experimentada de un joven, de un adolescente o de un niño? Y en cuanto al aprendizaje de los adultos mayores, aunque los conceptos de “aprendizaje permanente” o de “aprendizaje a lo largo de toda la vida” alarguen sus términos para integrar a personas de edad cada vez más avanzada, su significado real todavía está lejos de tener una definición aceptable. Las preguntas en esta vertiente, las más simples y claves relativas al qué, por qué o para qué aprender en determinadas edades no tienen todavía las respuestas adecuadas para apuntalar el verdadero sentido de los programas educativos para adultos mayores. Lo cual no quita que, desde hace ya décadas, se hayan desarrollado iniciativas que atiendan a estos colectivos, bien por medio de los programas de educación de adultos o de los programas universitarios para mayores, bien en el ámbito de la educación no formal a través de diversas líneas en el área de los servicios sociales. Otra cosa es analizar las razones, los objetivos y los cometidos que han puesto en pie estas acciones y cuáles son los alcances y los límites de las mismas.

Asumiendo los beneficios del aprendizaje de los mayores desde una perspectiva gerontológica, orientada a sus efectos en el contexto del “envejecimiento activo” y de la “promoción de la autonomía”, además de otros relacionados con su bienestar y calidad de vida, atendiendo a los campos emocional, relacional, de la socialización, de la prevención de la soledad y de la participación social y ciudadana, el modo de plantear su aprendizaje tiene que incluir una dimensión propia. Desde hace años se acuñó el término de “gerontagogía” para referirse justo al contexto educativo de los adultos mayores y sobrepasar la mirada exclusivamente asistencial y adaptativa de afrontar su formación. Un horizonte de exploración y de puesta en acción más adecuado a la nueva “senescencia” que conforma, en las sociedades avanzadas, el amplio y numeroso grupo de mayores de 65 años que empieza a ser predominante desde un punto de vista cuantitativo y también cualitativo. Su capacidad económica hace de él un sector prioritario desde el punto de vista del consumo y del mercado -”Silver Economy” o “Economía de plata”-, pero también desde el punto de vista sociológico – la “generación de las canas” o ”Greynies”- y político, en lo que se prevé una gerontocracia en un futuro inmediato. Un colectivo plural, diverso y heterogéneo desde todos los puntos de vista, también desde su dimensión educativa, en lo que respecta a sus niveles de formación, cualificación, aptitudes, competencias, intereses y gustos. Esta moderna generación de mayores está planteando nuevas necesidades en el mundo de la formación y del aprendizaje, convirtiéndose en usuarios y consumidores de servicios educativos que generan una demanda cada vez más plural, diversa y exigente.

Las administraciones educativas deben ser las primeras en atender y promover estas expectativas formativas, inéditas en nuestra historia, incluyendo el derecho a la educación de los mayores como un foco de atención al mismo nivel que el resto de las etapas del sistema educativo. Un nuevo frente que debe abrirse en el terreno de las políticas educativas y que tiene que generar investigación, reflexión y debate, pero que tiene que incluir desde ya la promoción, el apoyo y la inversión en propuestas y ensayos que desarrollen líneas de acción en este terreno. Es en este espacio en donde cobra un especial interés la educación intergeneracional, en cuanto ofrece un amplio marco de posibilidades y recursos para que las soluciones que se adopten no sean demasiado onerosas e inasequibles y las acciones que se promuevan resulten factibles y efectivas. Pero sobre todo porque ofrece inmediatos beneficios a los colectivos que participan en estos escenarios educativos, no solo en el cuestionamiento de estereotipos y prejuicios asociados a la edad -”edadismo”-, sino en parámetros de todo tipo en las esferas educativa y del bienestar social, ciudadano e individual. La educación intergeneracional es una de las principales vías para restablecer las relaciones comunitarias y hacer renacer los vínculos entre generaciones.

Estas consideraciones implican un cambio sustancial, radical incluso, en lo que respecta a la concepción de los servicios públicos, que deben incluir lo “intergeneracional” como un planteamiento transversal, un nuevo paradigma, que afecta a todo el andamiaje de las distintas administraciones, especialmente en el ámbito competencial de las Comunidades Autónomas y de los ayuntamientos. De hecho, una de las claves debe ser la de aprovechar las redes y mapas de centros públicos ya existentes, aunque desde una nueva mirada que cuestione principios muy asentados desde el punto de vista funcional, de los servicios que ofrece, y del usuario, a quiénes van dirigidos o, mejor, de las edades a los que van orientados. Y ello con un planteamiento en el que la educación y el aprendizaje no se delimitan al estricto terreno formal de los centros educativos, sino en el que se “escolarizan” otros espacios públicos como los asistenciales, los culturales, los deportivos, los de ocio y recreativos o cualquier otro escenario comunitario que sea susceptible de generar posibilidades formativas gracias a la interacción entre personas de distintas edades. En esta nueva dimensión son de destacar los pasos dados por la Junta de Extremadura, pionera en la aceptación institucional de este nuevo concepto, gracias al compromiso asumido en torno a los programas intergeneracionales por parte de las consejerías de Educación y Empleo, de Sanidad y Políticas Sociales y de Cultura e Igualdad. Se trata de una estrategia novedosa orientada a generar escenarios de interacción entre mayores y niños, adolescentes y jóvenes, escolarizar espacios públicos que no se contemplaban y promover la educación intergeneracional.

Pero en este largo camino queda mucho por desbrozar y por andar. Normalizar la presencia de adultos mayores en centros educativos, transformarlos progresivamente en “centros intergeneracionales”, no resulta fácil y debe vencer resistencias y modificar inercias de todo tipo. No solo incluye otros interrogantes que se suman a los ya planteados con respecto al aprendizaje de los mayores, relativos al dónde, cuándo y con quién, sino que además afecta a los propios fundamentos de la educación en cualquier tramo de edad. Juntar en un mismo escenario de aprendizaje de forma habitual a personas de tan distinta edad obliga a considerar seriamente nuestra actividad en el aula. Cuestiona el propio espacio educativo, la arquitectura de los centros escolares, su organización y funcionamiento, pero sobre todo pone en tela de juicio el cómo se aprende. Una cuestión que no es solo de metodología sino de auténtica pedagogía, en cuanto remueve los cimientos sobre los que se asienta lo que entendemos por educar y aprender. Y es precisamente en el terreno del día a día de los centros educativos, en el que son muchos los obstáculos, las dudas y reticencias para explorar las nuevas vías que nos abren a lo intergeneracional, porque amenazan la seguridad y el confort que da a las comunidades educativas el seguir el camino de siempre. Lo mismo ocurre en el contexto universitario, en el que de poco sirve el que los jóvenes alumnos de grado compartan el mismo espacio en los campus con los mayores si no existe voluntad para que unos y otros interaccionen de verdad en escenarios de aprendizaje conjunto.

La educación intergeneracional sigue siendo una entelequia. Su objetivo más inmediato va orientado tanto a hacer preguntas que cuestionen certezas como a dar respuestas a necesidades sociales inaplazables. Como concepto reconforta por los valores cívicos que evoca, pero contiene una tremenda carga de profundidad en cuanto a los principios y acciones que implica y desarrolla. Su puesta en marcha supone una apuesta decidida por transformar sustancialmente la concepción de los servicios y usuarios de determinados ámbitos de las administraciones públicas y también el modo de plantear y realizar el trabajo de sus profesionales, especialmente en el ámbito educativo. Pero implica sobre todo un cambio profundo en el modo de concebir el ciclo vital y el asumir la necesidad de reorientar nuestras relaciones sociales -no solo las familiares- en el contexto de la edad. Una verdadera transformación social que debe renovar nuestros espacios de convivencia y generar en nuestras comunidades, ciudades y pueblos, nuevas oportunidades de interacción para, entre y con todas las edades.

Acto de final de curso de las alumnas mayores del Aula Intergeneracional del IES "Jaranda".